viernes, 20 de abril de 2012

Mundo de Morfeo (9na. Parte)




“El Sol y La Luna al igual que el Día y la Noche son opuestos y afines compañeros de esta vida acompañándonos desde el cielo, como las almas que se encuentran cada tanto tiempo en el mundo por el destino, importando solo si se complementan. Mundo de Morfeo”


“Por amaneceres tan lúcidos como estos que otorga solo la ciudad gótica postrada en las orillas del mar, en la parte oeste del País, su dulzura amarga es que se hace tan eterno la falta de hambre, de actitud solo por la ausencia de pasión. Se genera en su persona, en su ser, profanando su ideología, una lúgubre visión que se ve anecdótica sin su razón de ser, todo es efímero se dice él, nada es para siempre. Donde se fue la sonrisa que generaba este placer de ver salir el sol, de divertirse viendo a los astros relevarse la batuta de acompañar nuestros pasos desde el cielo. Renaciendo como todos los días, en cualquier lugar, en cualquier departamento u hotel de paso, aun sabe que nada sabe igual salvo cuando eres un pasajero o vagabundo, loco y mundano, metodista pero insatisfecho. Abrumado por las corrientes del viento, por este frío repentino en el último vestigio de la primavera y un sueño perdido durante la noche, despertó con el aroma de la ausencia una vez más con el alma desnuda por la falta de esa persona sobre la cama, melancólico y en estado crítico por su falta de arrojo en situaciones fuera de control, abandonó todo por un desamor o mejor dicho un amor perdido en su vida, quizás su único amor o donde sintió por última vez esa unión que solo las almas destinadas pueden dar, la persona adecuada en el momento oportuno. El sol postrándose sobre la casona en un acto que solo rige Dios desde su trono y en cada una de las ciudades del mundo dándonos el banderazo de salida para intentar de nuevo acercarnos un pasito más, una huella en la arena, una llamada por la mañana, remover otra piedra en el camino, apenas ha cumplido un año en el trabajo y cada que vuelve de la mar se queda en otro lugar de la misma ciudad, este es el segundo mes aquí pero debe marcharse pronto, hace tiempo que descubrió el no poder estar tanto tiempo en un lugar porque comienza a faltarle la respiración, ahogarse en su propia saliva sintiendo esa falta de ese algo tan difícil de explicar que lo ha llevado a convertirse en esto, un fugitivo por mano propia desde aquel sábado en el que el mundo comenzó a caerse sobre sus hombros y el suelo a trastabillarse bajo sus pies habiendo perdido el deseo de interpretar este rol que propiamente se había asignado para participar en el mundo, pero no cabía mas en ese lugar así que decidió cambiar sus pasos en otra dirección, huyendo, escapando, mutando, quien sabe que adjetivo sea mejor lo importante es la decisión tomada. Había que irse por algún tiempo, navegar en los mares de otros puertos y arribar a otros muelles para ser una versión diferente de sí mismo, un apodo de su persona y así, se convirtió en navegante. De sus viajes tuvo que atracar en otros muelles, viajar por el pacífico conociendo paisajes ajenos a los que ella le había acostumbrado alejándose de su recuerdo, de su presencia y olvidarse de que pudiera encontrársela en el camino. Iba y venía por el mar, en harapos en el barco y en vestir en los malecones, era dos personas, sin embargo, su barba y sus cabellos crecían en demasía ocultando la mirada de sus ojos tristes y melancólicos, bañados por la ausencia de ella y sus ojos negros. Sentía su corazón siempre constante perdiendo esa subida de palpitaciones que su pasión le daba, que las caricias que ella cuando le rompían los paradigmas en su vida, uno puede muchas veces engañar a la mente pero rara vez al corazón y él lo estaba logrando pero la guerra esta hecha de muchas batallas y no había terminado aún, lo sabía porque cada regreso a la tierra durante esta nueva aventura y en un hostal diferente como en el que despertó hoy, se acercaba cual gato oscuro, cual monstruo en búsqueda de su presa se aventuraba a acercarse aunque sea un poco a ella, al punto de las 5 de la tarde estaría en el mismo lugar esperando verle pasar, desde el 3er piso del karaoke bar parado sobre la barandilla apreciando su belleza, su silueta lo que no había podido evitar y debía estar listo, ¿podría hablarle esta vez? Decirle frente a frente el frenesí de palabras, emociones y tragicomedias que pasan por su cuerpo y mente al verla, a ver sus ojos que emulaban al mar más cauteloso y a la vez intempestivo. Es posible que la oportunidad se presentase de nuevo si las estrellas y la rutina de las personas permanece y entonces habrá de decidir si romper lo que ocurre siempre todas esas veces sentado en la segunda mesa con dos copas de vino llenas solo que una se quedaba vacía al irse la tarde que incluso el mesero sabía cuál. Su boca reseca y el hueco en el estómago lo retornaron a la realidad y a la hora en la que estaba el día ensombrecido por ese mareo repentino que da el hambre, agarró el arcaico teléfono y marco a recepción para escuchar ese sonido desesperante cuando nadie termina por contestar interrumpiendo la llamada al final, suspiro y descendió en su pijama inventada hasta las afueras del hostal pasando por las solitarias habitaciones sintiendo el sol a sus espaldas aun cuando entrase solo por algunas partes del lugar llegando hasta la calle con la posibilidad de ser confundido con cualquier limosnero recién levantado, compró un sándwich de pollo, unas papas y subió en silencio. Abrió la única ventana que tenía y dejo que el viento frío silbase por la habitación emitiendo su canción sigilosamente en sus oídos cerró sus ojos abandonase sobre esa mente que divagaba sobre tantas cosas que a menudo se olvidaba del lugar donde estaba o de la hora que era, confabulándose con esa botella de vino que le acompañaba durante las mañanas al igual que su desayuno que hoy compensaba esa cena que olvido realizar, sabia a gloria y a tan común situación que casi olvido interpretar en su estómago lo que la comida hacia mientras se llenaba de migajas su ropa. Se rascaba su barba y leía en voz alta poesías de Sabines, de Neruda, a Benedetti, siempre cargando esos libros en su única maleta. En el mar, el navegante conseguía escaparse de sí mismo, preocupado por la tareas diarias del barco y la tripulación, ahí no había horarios, citas que cumplir, miradas que interpretar, no había para donde huir puesto que solo sería arrojándose al mar y el apenas sabía nadar, nada comparado con la ciudad a la cual cuando llegaba, toda clase de sonidos y gente a prisa le ponían intratable, aunque desde la primera vez que embarcó esa calma habría de traerla durante esos días a la ciudad y ahora podría ser el día que la enfrentará a ella, porque toda la ciudad olía a ella su aroma penetraba edificios, calles y casas, el viento susurraba el tono de su durante las noches o quizás ya estaba loco y ese corazón infestado de recuerdos y anhelos le traicionaba. Era un hombre confundido pero seguro de cuál era la razón de dicha confusión. Una buena ducha con agua helada haciéndolo gritar y respirar profundamente saliendo titiritando de ahí, y arreglándose adecuadamente para la ocasión con su fiel saco de tweed y su pulsera del feng shui. Hoy es el día, se dijo mientras recorría el hostal y la ciudad esperando por la hora. Paso buen tiempo en la biblioteca improvisada en el parque realizada por gente que vendía libros usados o intercambiaba unos leídos por otros por leer, trueque como se hacía en el pasado, con lentes oscuros desafiaba al sol y las estructuras góticas como la iglesia, los antiguos edificios pilares arquitectónicos y sus calles empedradas, incluso llego a pasar por su casa que continuaba ahí esperando por la aventura de su dueño, le sonrió al barandal y a la entrada de su casa llena de hojas caídas del árbol que servía de celador de la misma, estaba justo por darse vuelta cuando vio debajo de las hojas casi a la orilla del barandal un sobre rojo no muy grande, sus iniciales las reconoció de inmediato, la fecha le causó sorpresa y suspiro haciéndolo ir marcha atrás y comenzar a caminar con paso rápido por primera vez en dos años sintió el redoble de campanas en su corazón, una sensación que era un vuelco en su fuerte construido por dentro para no dejar entrar a nadie que pudiese perturbar su paz, sin embargo, estaba de nuevo yendo hacia ella cual imán de refrigerador o la lucha mitológica del bien y el mal una coexistencia, codependencia, se debatía entre el ying y el yang para darse cuenta que ella para él era su complemento. Y así avanzo por las calles decidido a encontrársela frente a frente, recorrió casi corriendo el centro de la ciudad trazando su ruta hasta llegar al malecón. Saluda al mesero de siempre que le acompaña hasta su mesa en el 3er piso, ahí están los amantes del karaoke y la buena música, escuchándose bajo la tarde soleada los unos a los otros desde Roberto Carlos hasta Vicente Fernández, personajes románticos, anti románticos, amantes, extraños, vengativos. Recién le sirve el mesero un bocadillo y pone sobre la mesa las dos copas llenándolas de ese vino tan rico que saborea a más de uno ahí en la terraza, brinda en silencio con el mar absorto en el paisaje cuando el reflejo de la luz le advierte de aquello que vino a buscar, y da un repentino brinco tomando con la mano el barandal, es Ella. Si es ella, se dijo, la reconoció por su mirada perdida y triste, alargando la mano en un intento por sentir su alma nuevamente, sus manos sobre su rostro, ve el fuego de sus ojos y su resignación ante tanta distancia entre ambos, no existe sobre la tierra ser que le llene tanto el corazón como un mar de esos ojos agraciados por la divinidad de Dios, otorgándole un lugar frágil y una fuerza vigorosa que lo impulsa a seguir, aun a cuestas de tanta melancolía y ausentismo de esta vida que hoy lleva. Usa vestido negro mate y zapatos rojos deslumbrando al caminar por el malecón, caminando entre atónitos por su belleza e humildad con la que avanza en esos tacones cuya pisada retumba sobre el pavimento logrando que se escape el aliento de quienes la admiran y de quienes la odian, siempre cual reloj de arena aparece desde la calle céntrica hacia el malecón, en solitario, no habla con nadie y siempre la vista puesta sobre el mar, sobre esas casas que se yerguen montañosas tan altas cual guardianes del imperio romano. Su musa, su venus de milo, su helena de Troya y ese corazón que le traiciona o mejor dicho le recuerda de donde proviene todo este revuelco en su estómago, en su espalda, ese sentimiento indescriptible, no sabe en qué momento decidió ir a su encuentro pero es demasiado tarde para arrepentirse, esta justo atrás de ella cuando ha volteado al escuchar los pasos, no sabe bien que decir, solo se queda ahí a medio metro de ella mientras el oleaje y la tarde soleada bañan la ciudad gótica, y en ese instante alcanza a enseñar el sobre rojo:
-          ¿la has leído? Dijo ella, ocultando tras ese tono serio su sorpresa
-          Hola. La he leído, aunque no la he contestado.
-          Fue hace mucho tiempo, como te darás cuenta la vida ha cambiado, yo he cambiado.
-          Ambos hemos cambiado, es la vida que elegimos y nuestras decisiones las que nos llevan por caminos que desconocemos. No estoy aquí para volver al pasado.
-          ¿Qué haces aquí, entonces? Todo lo que vivimos ambos es parte de nuestro pasado, y el tiempo empieza a dejar solo recuerdos de algo que fue y que ya no es.
-          Es lo que pensé cada que escapaba de aquí, cada vez que volvía y me sentaba en esa mesa esperando verte para decirle a mi alma que todo se lo había llevado el viento de la ausencia.
-          Cállate ya, calla, todo este tiempo pensé que había hecho mal, que había hecho bien, repasando dentro de cada evento los detalles de lo que fue y de lo que sería, porque él hubiera no me gusta usarlo, tu bien lo sabes. ¿Por qué has vuelto? ¿Qué harás con la carta?
-          Lo que entonces debí hacer y lo que haré hoy, aquí frente a ti. Puedo decirte que te amo, que tu aliento en mi rostro cada que hicimos el amor es algo que enaltece lo que en la vida queremos e importa. La vida es un viaje, no un destino. Al corazón no se le puede mentir y he intentado traicionarlo, engañarlo y comerme cual caníbal tu recuerdo para deshacerlo en el mar y sus noches fuera de aquí pero me ha sido imposible, no se trata de las palabras sino de los sentimientos, no se trata de las historias y sus detalles se trata de ti y esto que siento por ti, no tengo un plan, es una vida que va de mi mano a la tuya. Tu silueta y esos ojos tuyos que me rompen el alma me han devuelto esta comunión entre el amor y sus aditamentos, presagio de sus sufrimientos y sus emociones para valorarlo, quitarle ese estigma de inalcanzable y estado de éxtasis. Eres mi musa, la que desnuda mi alma con su sola mirada.

Ella le beso sin decirle nada y la carta se cayó al suelo, diciéndole que no la juntara ni tampoco intentará contestarla lo dicho estaba dicho y la vida de los recuerdos traída al presente es cumulo de que lo importa siempre se presenta de nuevo, caminaron por horas mientras el navegante admiraba su silueta como la Luna amarillezca cuando la noche les tomó llegando a su casa con el verde guardián y sus hojas sueltas cual soldados en el suelo, la Noche se sostenía entre el frío y su calor autentico, todo parecía estar en el lugar necesario, sin medias tintas ambos con el alma puesta en el otro para sentirse vivos y unidos. Se dice que la puerta se quedó abierta, y la carta en un sobre rojo en el malecón fue pisoteada decenas de veces hasta que el viento se la llevó al igual que el mesero sonrió desde el 3er piso cuando levantó las copas ambas llenas deseándole suerte al navegante que solo regresó al mar para despedirse y regresar donde siempre había pertenecido, una vez cada tanto tiempo, el navegante y la musa de sus días y noches suben al 3er piso del karaoke bar, comparten una botella de vino despidiendo al sol cada tarde y dándole bienvenida a la Luna que al igual que el Día y la Noche son opuestos y afines compañeros de esta vida acompañándonos desde el cielo, como las almas que se encuentran cada tanto tiempo en el mundo por el destino o el viaje, importando solo si se complementan . Mundo de Morfeo”