martes, 4 de julio de 2017

La Casona


“Entre las entrañas de aquella casa, cuya vida se la empezó a llevar el tiempo como la arena se escurre en los dedos y el pasar de los días llevo a los y los años a las décadas, la casa fue quedándose sin habitantes, sin quien soltara una sonrisa o rompiera algún plato y sobre todo...quien gritara al unísono ese dolor que traen los amores al corazón...y mientras él, ataviado en ese traje oscuro ensombrecido por la lluvia y la pantalla gris del cielo, se debatía entre encender un cigarro o finalmente empezar esa rehabilitación que tanto deseo iniciar para presumirle a su padre lo que había logrado, pero a veces engañar a los vicios es encariñarse a uno mismo. Desde que tenía memoria, aquella casa le gustaba, sentía esa vibra que le decía que algún día debería habitarla, dormir en ella, subir y bajar las escaleras…y después en la sala, degustar los libros y escuchar a los fantasmas de todas las generaciones que la habitaron. Le impactaba la majestuosidad y el embrujo que en ella se vislumbraba. Era un castillo en el infierno de esa calle tan sin sentido perdida en la ciudad de luces bajas y calles enlodadas, interés social, le llaman. Era como un elefante blanco en la selva de los ratones, de tres pisos, una gran cochera y decenas de ventanas, y la puerta principal daba justo frente al parque donde solía jugar… ¿Por qué? No lo sabía, pero le gustaba ver la casa, solía sentarse afuera y mientras leía veía, sentía que debía tenerla, poseerla, demostrarse a sí mismo, que saldría de la pobreza y llegaría a una casa igual y fue creciendo…creciendo, a veces por gustos, otras veces por necesidad, a menudo uno se pregunta de dónde viene el éxito, de donde provienen las ganas de triunfar en este mundo capitalista. El hambre, la falta de aire acondicionado, la televisión por cable, el viajar, pero el no, él quería una casa grande…con muchas ventanas para que su familia pudiera visitarlo, supiesen no solo que había triunfado sino, que jamás volvería a sentir ese hueco en el estómago, ese coraje, esa falta de poder hacer lo que él tuviese ganas. Y ahora era suya, y por fin, podría sentirse orgulloso de su hogar. Los primeros días no se atrevía a entrar, quería degustar las afueras…empezó por el patio, después por el jardín y así le siguió paso a paso, acomodando todo, dándole una manita de gato a la vieja casa, no buscaba quitarle su historia, solo darle un empujón hacia la luz y fue así como inició su aventura…corría por los pasillos, y los cuartos con sus techos altos y sus hermosos ventanales, y esa terraza, esa dichosa terraza donde podría hacer lo que más le gustaba hacer…leer y luego pintar en ese viejo tablón. Puso velas al filo de la terraza y adornó con juguetes de la cultura pop…esta libertad disfrazada de soledad le encantaba, degustar una película en el proyector antiguo, ver a Chaplin, a Brando, a De Niro, a Tintán y Cantiflas le fascinaba mientras fumaba y bebía vino…cristalino como solía verse la Luna allá arriba en el cielo claro y oscuro. Dormía en la terraza cuando corría aire y cuando no, solía abandonarse al calor para impregnarse de lo que había dejado y pensaba olvidar, era su nuevo capítulo en su historia, se ponía su sombrero sobre sus ojos, relajaba el cuerpo y se iba al palacio de la memoria, cuyo origen lo leyó en aquel escritor que le dio vida a Hannibal Lecter y le gustaba, y fue así, que lo fue creando poco a poco…un gran salón de la memoria donde los personajes que tocaron su vida estuviesen ahí, en una gran fiesta como el Valhala de los Vikingos. De pronto, en una de las noches mientras pintaba entre las velas y las botellas, sintió esa mirada lejana directa hacia él proveniente de la calle, y uno lo sabe, hay miradas que parten el aire como las flechas, y se quedó helado una porque ese miedo de años atrás apareció en él y otra porque no tenía idea de quien pudiese ser pero, siempre será mejor ver de frente que voltear la mirada y así fue que le vio por vez primera…una hermosa chica con un desgastado vestido rosado, pero en aquellos ojos apreció el fuego de un alma herida y destinada a causarle el mayor de los males…era como una estrella fugaz, como una luz melancólica en la oscuridad de la calle, sus cabellos castañas cubrían un poco sus ojos y los labios rojos mal pintados no le quitaban ninguna pizca de su bello rostro. No sabía que hacer salvo devolverle la mirada y mantener por unos minutos, sin embargo, ella le vencía, su mirada era penetrante y su postura era el de alguien que ha venido del infierno y no conoce el cielo. Por alguna extraña razón, sintió eso que sientes cuando entras al mar por primera vez, un miedo por hacer y un miedo aun mayor por no hacer…pero es lo que dicen, entre el hacer y el no hacer siempre será mejor el hacer…así que se acercó al filo de la terraza, dio un largo trago a la botella y dibujo una sonrisa en el aire con el pincel, a continuación le hizo una seña de que entrase, una invitación…La inmovilidad de ella, sus zapatos sucios, aunado a ese desgastado vestido le miraban como un fantasma en el romance de los días oscuros…los segundos siguientes fueron para él una tensión en los hombros y de repente, esos labios se abrieron esbozando una sonrisa mientras avanzaba a la mansión. La puerta resonó al abrirse, el ruido de la pesadez y de los años transitados…le soltó un hola, pero Ella no le contestó pareciera que conocía el lugar y al mismo, parecía que jamás había entrado en aquel recinto…él le indicó si tenía hambre, a lo que le contestaron mediante la misma mueca…fue a la cocina, hurgó en el refrigerador y comenzó por hacerle un emparedado y después se decidió por dos…por más que buscó algo que no fuese alcohol no lo encontró y sin pensársela mucho le llevo una cerveza le sirvió comida justo en el magnánimo comedor de 12 sillas, en aquella sala grandes candelabros colgaban y viejos cuadros que ni él conocía. Y fue sin saber que hacer a sentarse en su silla favorita que estaba del otro lado a lo largo del comedor…los dos comieron en silencio, él no sabía que decir y ella al parecer no le interesaba plantear alguna conversación y fue así como cenaron aquella noche, él poco y ella mucho…devoraba los platillos como una niña que no ha probado bocado en todo el día. Al final se sintió llena, y pidió otra cerveza, él se sorprendía de su belleza, de su ternura…de sus ojos desafiantes y extraviados…así sin más comenzaron a hablar, él más que ella, le comentó como fue que se enamoró de la casa que hoy habitaba…y le dio un pequeño recorrido que terminó en la terraza donde él pintaba. Has leído las cartas le dijo ella mientras admiraba lo que él pintaba, ¿cartas?, ¿a qué te refieres con cartas? Ah, le dijo ella…aun no las encuentras…la curiosidad en su tono de voz al hablar de esas cartas le hizo alzar un poco la voz… ¿de qué me estás hablando? Ven le dijo ella, ahora yo te enseñaré…y le rozó la mano con la suya y él se estremeció...le encantó la sensación. Así fue como ella caminó por los pasillos de aquella gran mansión y se sentó en el piano tocando una canción que él no tardó en reconocer y entonces lo adivinó…Aquella canción es la que siempre escuchaba cuando admiraba la casa…en la parte baja del piano se ocultaba un caja rojiza, con apenas un pequeño candado que para su sorpresa…de la pulsera que ella portaba, se extendía una diminuta llave con lo cual el candado fue abierto…un aroma intrigante a viejo y a romance, impregnaba el interior de la caja, dentro de esta, decenas de cartas en sobres color amarillo, él le preguntó como ella sabía de esas cartas y le contestó…no eres la única persona en el mundo con sueños. Ahora fue ella quien le invito a seguirlo…y fue ahí que antes de abrir las cartas…recorrieron la casa hasta el gran ventanal que daba al patio…un par de arcángeles dominaba la parte posterior de la casa y el adoquín decoraban las viejas plantas que se morían día a día…ven, le dijo…una brisa inusual les alborotó los cabellos. “Lo había olvidado, definitivamente…se me está yendo de las manos, como esas paletas que se empiezan a derretir en tu mano mientras te las comes a prisa para no perderla. Estoy hastiado, perdido, insufrible…hablar para mí y expresarme es algo que estoy olvidando y las palabras mantienen un espacio entre yo y mi boca, es decir, no parecen querer de salir de la mente para ir a la boca y hablarle al mundo. Soy yo y mis libros, yo y mi silencio, yo y la perdición de mi famosa palabrería para engatusar al mundo y venderle hasta lo impensable. Hace más de 6 meses que no escribo nada, que no puedo enviar una carta, un mensaje profundo o sencillamente escribir en lugar de hablar como ahora está de moda hacerlo. Básicamente me remito a un Hola o un Adiós, un hasta luego, una extraña conversación de como se hace tal o cual comida, del trabajo, de la tarea de los hijos, y del maldito clima. Maldigo, me contradigo y hasta me golpeo contra las paredes por no saber cómo iniciar de nuevo…cuanto tiempo desperdiciado, cuanta pasión reprimida, y cuantos caminos cerrados solo por ver el miedo que acontece dentro de mí. No sé cómo me hice un ermitaño y un ogro, soy un iluso y un pesimista…como ese individuo que no entiendes como terminó así y lo curioso, extraño es que me vale un reverendo cacahuate, me es indiferente, me da igual. ¿Dónde me he extraviado? Lo perdí, pero no es este el momento para ahondar en ello, más cuando me he hallado de nuevo la botella y el cigarro frente a frente, y la música que me hace cantar en la mente y enfocarme en el palacio de mi memoria una y otra vez. Para ser feliz, se necesita poco, para ser infeliz también, basta sentirse basura o sentirse insatisfecho. Lamento hablarte de nada importante o especial, de contarte alguna aventura o desgracia o algo bonito…la verdad es que desde que te fuiste, no soy el mismo, desde que te fuiste nada parece interesarme…creo en ti, en tu vida, en tus emociones que andas por ahí…de ciudad en ciudad….te quiero sabes, siempre me lo digo cuando me atoro y no sé qué decir. Espero verte pronto.”
A continuación Ella le contó a medida que leían juntos las cartas, a veces en voz baja, a veces en voz alta que el dueño de la casa había diseñado en una noche donde perdió la locura o más bien, encontró la cordura que bien podría ayudar a esos niños de la calle que admiraban la casa, criarlos, apoyarles, enseñarles a tocar el piano o a leer la poesía, crear artistas y porque no, verdaderos seres humanos que pudieran amar y obtener sus sueños más bizarros…pero la enfermedad y el desamor por aquella mujer le destruyeron la ilusión y las ganas de llevarlo a cabo, y así fue quedándose solo, haciéndose viejo y perdiéndose entre las ideas y las personas que le visitaban fueron dejando de venir a verlo…no había más fiesta, ni reuniones, ni esas charlas filosóficas…pero aun en la tragicomedia de su vida, fue elaborando ese gran jardín en el patio, esos grandes cuartos para pintar, leer, escribir y tocar el piano…la abundancia sería parte de la vida de ellos. Las cartas jamás las envió…a veces el amor no toca dos veces a tu puerta y se pierde…como los atardeceres cuando nadie los captura en una foto, como las estaciones del tiempo o esas palabras que se fueron quedando en su boca antes de decirla…y ¿Cómo es que tú sabes esa historia? Porque yo soy hija de ese amor que no fue ni será. Estupefacto, él escuchó la otra historia…la de ella, del amor inconcluso y sin embargo, una huella de su cariño permanece aún en este mundo… ¿le odias? Como odiar a alguien que siempre te quiso pero nunca pudo estar contigo, dijo ella, él pensó en aquellos que aman sin esperar nada a cambio, esos seres tan llenos de luz…tan llenos de oscuridad limpia porque jamás fueron queridos como otros, pero aún en el infierno, ella creía en el cielo. Fue ahí que él le abrazó tan fuerte que sintió sus latidos y dolor proveniente del alma…todos de alguna forma estamos conectados le dijo él y no es tu culpa, pero curiosamente…aún podríamos ofrecer esos sueños a los necesitados. Le invitó a quedarse…le ofreció una habitación con un gran halo de luz y con la mejor vista de la ciudad y él se fue a pintar…decir que no se sintió atraído hacia ella, sería mentirse a sí mismo, pero hay historias donde es mejor no escribir la primera oración…La madrugada le tomó por sorpresa…un aroma indescriptible le hizo abrir los ojos en aquella terraza atestada de pintura, botellas vacías y velas encendidas, y se encontró con aquel cuerpo desnudo caminando hacia él…pensó que estaba en un sueño, y sabía que no, pero era tan hermosa y tan herida con sus tatuajes y sus cicatrices que la adoro al instante…y chocaron, se rompieron en dos y se unieron como se unen el amor y la pasión, la desesperanza y la tristeza, la alegría y la risa…el infierno y el cielo…echaron chispas aquella noche, y no se detendrían nunca…y porque habrían de hacerlo, si la vida es corta y es mejor vivirla a soñarla…lo que tenían duraría un instante o una eternidad  y eso solo el tiempo lo sabría, te repito, entre el hacer y el no hacer, siempre será mejor el hacer.
Ella se marchó al amanecer y sin nota alguna, sin recado, número o lugar donde localizarla, para cuando él despertó solo quedaba los restos en su corazón pero también una misión…la cual pondría en marcha ese mismo día. Se cuenta que pasaron semanas hasta que Ella regresó…ya su vestimenta era diferente y su sonrisa tenía otro matiz, y aunque su rostro seguía siendo hermoso, llevaba un halo de brillo que haría que los ciegos viesen. Al acercarse a la casa…la música le hizo contener la respiración…la misma canción en el mismo piano…cuando entró decenas de adolescentes caminaban, leían, jugaban mientras otros estaban atentos al piano…en la entrada le detuvo una muchacha…Bienvenida, le dijo, ¿Qué es este lugar? Un orfanato dijo ella, y las lágrimas le vinieron a destruir el maquillaje…él escuchó la voz, pero lo que le hizo voltear fue aquel aroma…ese aroma que le devolvió el alma a su cuerpo…y fue así, que el Mundo de Morfeo tuvo su orfanato tan soñado por aquel viejo cuya casa, le hizo realidad los sueños a esos dos locos incurables”