martes, 3 de mayo de 2022

El Jardín de las Estatuas

 

“La sala se fue oscureciendo a medida que la Luna amarilla se iba perdiendo entre esas nubes que eran cómplices de una lluvia por llegar…a todos ahí la espera de estar esperando les agotaba pero a él no, a él esa espera le encantaba…tal vez porque conocía el resultado o tal vez porque en el fondo de la mente deseaba que ocurriera algo diferente, para que todo cambiase de nuevo, romper todas las expectativas, porque a los seres humanos les encantan las expectativas, son como un aliciente, un vicio, algo a lo que te aferras…a él ya no le hacía efecto ese tema, ahora gustaba de estas funciones nocturnas de teatro.  Lo descubrió una noche como tantas, donde embriagado de melancolía y sin sabores recorría la ciudad a pie arreglándose el cuello de la gabardina y ajustando la bufanda para evitar que el frío le cortase la garganta. Le gustaba el frío y la soledad que le acompañaba cuando realizaba estas caminatas hasta que se topó con ese local…tan perdido como él, tan oculto como sus cigarros en el bolsillo y no sabe porque, pero algo le llamaba para que entrará, y fue así, como se halló con esto: el teatro, y todas esas pequeñas letras convertidas en palabras y terminadas en guiones. Le fascinó aunque jamás había actuado, aunque jamás había estado en un lugar así…lo lúgubre de su existencia, y las ideas que de ese templete emanaban. Y así fue, como empezó a ir, todos los martes a la medianoche. A escuchar historias de vida, historias irreales e increíbles ataviadas de ese matiz romántico y melancólico que, a él, un solitario insensato le parecían sumamente atractivas…sentía ganas de aplaudir, de subir al escenario y contar una historia o participar, pero por ahora, estar entre la gente parecía ser suficiente. Hoy la función consistía en un monologo, la mujer disfrazada de una artista madura contaba de su historia, de los sueños cumplidos a la mitad por la falta de tiempo y la falta de sacrificio, tocaba los temas a profundidad desde la niñez hasta perderse en la rutina y desafiar al sistema para caer presa del mismo y poder traer comida a su mesa para terminar en una historia donde se arroja desde un edificio. Al terminar la función, se quedó un rato, como Siempre, algunos se quedaban a dialogar, a beber una copa o a jugar cartas o sencillamente a escuchar el piano tocarse de vez en cuando. Al final, nadie sabía quién era él y era mejor mantenerlo así, ser cualquiera menos el mismo, ser quien la otra persona quisiera que fuese, menos ser él, porque no todos los días uno quiere ser uno mismo, hay días que queremos ser alguien más. Era un Ladrón, y los que viven fuera de la ley, suelen ser eso, unos sin rostro. Nadie le preguntó su nombre, nadie le preguntó su procedencia, solo era, él, ese de sombrero oscuro y mirada perdida, de ojos café oscuro y barba negra con su cuota de canas. Hoy no sería como otras noches, desde hace días pensó en que hoy le gustaría tocar, así sin más, así sin decirle a nadie para no sé, desahogarse supone él. Le encanta ponerle fin a sus pensamientos con música tonta y melancólica. Así fue que se sentó en el banco del piano, encendió el cigarrillo, dio una gran calada y fue arrastrando los dedos sobre las teclas hasta que se originó la melodía, con sus tintes caóticos y metódicos la música fue subiendo de tono mientras los que se quedaban le miraban, admirando el tacto de sus manos sobre el instrumento…pero él solo veía a una de las personas, solo a ella…que sin querer, se encontraba con su mirada cuando le veía recorrer la mirada por la sala…sus cabellos castaños cubrían los ojos, pero no la mirada, no protegía el corazón y eso fue lo que le atrajo repentinamente…y fue así como se fue acercando cayendo en el abismo de esa alma en pena…suele ocurrir que las personas les gusta rescatar a las almas en pena, sin embargo, es porque en el fondo fueron presas de un cazador sin corazón y buscan redimirse. El ladrón finalizó su actuación, encontró un par de aplausos y salió de ahí, sin más, cambió su copa por un vaso de plástico tomando el abrigo ajustándole el cuello y escapando a la noche fría. Un par de calles adelante, el olfato encontró un perfume de mujer, si, lo reconoció de inmediato y fue a ocultarse, cuando ella pasó, le tomó de la mano diciéndole al oído,

-          Es muy noche, para andar sola por ahí, dejando la estela de tu perfume a tu paso.

-          Lo sé, pero no pude evitarlo, la melodía allá dentro, tus ojos mientras la tocaba me hizo sentir algo extraño que no pude descifrar y tenía que saber el titulo

-          Hay canciones cuyo título es mejor mantenerlo en el anonimato, al final, uno decide cómo llamarles a las melodías y otros les adaptan la historia a como les conviene, ven, tomemos un taxi.

Le dijo al taxi que se detuviera justo en El Jardín de las Estatuas, le ayudo a bajar y caminaron…a medida que recorrían las estatuas le explicaba quién era quien, y sus logros en el mundo Le fascinaba ese lugar, y es porque solía visitarlo con un par de amigos de la infancia…cuando el mundo era otro y los niños podían andar un poco más por las calles de la ciudad sin que el terror y la ansiedad se apoderase de ellos…fue así, como la atraía hacía él, contándole un poco de todo y de nada, de lo que le apasionaba, de sus robos y sus besos, contándole como se la comería a besos porque ella era quien quería saber quién era. Entonces se dio cuenta que Ella era la del monologo, que extraño, parecía alguien totalmente diferente y se lo dijo. Ella le sonrió diciéndole, no ves que todos somos otra persona en la mente de alguien que nos conoce. Era una ladrona también al parecer. Igual que él…Solían robar corazones atormentados, vivir al límite de cómo viven los locos. Recorrieron la ciudad mientras se devoraban a besos como solo los que jactan de ser ilusos y nada justos lo hacen. Se revelarían sus identidades al calor de sus cuerpos desnudos en aquella sala donde todos son alguien más, en el teatro de los monólogos, de los clásicos y las obras irreverentes, ahí recostados tras bambalinas se comían el uno al otro como los desahuciados se comen los platillos que sobran hasta quedarse dormidos exhaustos, pero solo los martes de medianoche, los martes en los cuales él solía caminar por la ciudad hasta llegar ahí.  Habían decidido no decirse sus nombres verdaderos, solo yacían juntos, aunque todos sabemos cuán peligrosos es eso…suele cambiar, mutar, convertirse en algo más y rebasarlos como la tormenta a los barcos. A él no le gustaba como sonaba eso, lo había vivido ya algunas veces y cuando se percataba estaba en esa monotonía donde terminaba odiando lo que ocurría y tenía que huir de nuevo. Cuando el botín de besos, caricias y sueños juntos se iba perdiendo por ir al súper, planear los días y buscar cómo encontrar tiempo para ver a todo mundo. El problema con el ser humano es que piensa que no puede caer nuevamente y justo cae de nuevo en la esperanza, en la ilusión, en la sonrisa que la otra persona ofrece y en la calidez del corazón que se abre ante la persona para amarse. Maldita sea, se dijo a sí mismo el ladrón mientras yacía junto a ella en el Jardín de las Estatuas, estaba atrapado de nuevo. Empezaba a notar por un lado un vacío terrible que le comía las entrañas haciéndolo sentir extraño, perdido, melancólico y deseoso de salir corriendo y es por ello que volvía a despertarse entre gritos y sudando de sus manos. Pero por caótico que parezca, esos ojos hermosos de Ella apreciándolo y abrazándolo fuerte parecía calmarlo, parecía destruir la desilusión con cariño, el vacío con amor y la rutina con grandes historias y sonrisas que parecía no cansarle. Optó por decirle quien era, no sabía si para que se rompiera el encanto o para que ella lo quisiera más…Por más que quisiera lo primero, en el fondo deseaba lo segundo. Pero el amor no es fácil, amar no es para los temerosos sino para los sobrevivientes, los fuertes, los que aman sin importar el pasado y buscan el futuro viviendo el presente. Se quedaron juntos, que importaba el tiempo y los ratos en silencio. En el cielo de la Tierra, en un mundo de personas iguales, Ella era única y por eso le encantaba. De vez en cuando, por gusto, los martes a media noche van al teatro…a veces a tocar el piano después que se terminan las funciones y no queda nadie y otras veces a participar en los monólogos…sobra decir, que el amanecer los encuentra ahí en el Jardín de las Estatuas del Mundo de Morfeo”.