lunes, 7 de diciembre de 2015

Las Paredes Blancas

“Bajo un Sol abrazador que se colaba por la ventana y el aire acondicionado enchinando la piel por su cuerpo descubierto, así despertó. Soltando un grito, mejor dicho, un aullido cual lobo herido. Una pesadilla, otra mas, de las que no puede despertarse aun cuando sabe que es un sueño…alguien lo termina aprisionando, involucrándolo con los miedos y las ilusiones que se han perdido y así, con el sueño perturbado termina despertando siempre en ese quejido temeroso cual nota de música tétrica. ¿Por qué? ¿De dónde proviene este miedo? este demonio llamado temor que le rompe el sueño y solo deja la estela del deseo a no morir, sin embargo, muy en el fondo entiende que la vida va acompañada de la muerte y viceversa. Su corazón palpita fuerte, su cuerpo tiembla incluso, pero pronto encuentra la calma, un suspiro tras otro, un déjalo ir fluyendo por sus venas buscando la calma, un “pasará” repitiéndose en su mente hasta creerlo, todo hasta la siguiente noche. Las noches en el hospital suelen ser algo repetitivas, rutinarias, desangeladas salvo por las horas de visita y si tienes suerte si una televisión se encuentra cerca de ti, todo es un sufrimiento y una escucha de todo lo que ocurre mientras las personas convalecen, pero lo que menos le gusta es el aroma…ese olor que expiden los hospitales cual a farmacia, a aparatos médicos, a sueros e inyecciones, a esterilización. También a compartir el cuarto con quien sabe quién, viendo como los sanos buscan armonizar con los enfermos. La enfermera entró justo para abrir totalmente la ventana y dejar entrar un poco el aire, le caía bien, era una señora con la que había entablado empatía desde el primer día…un poco ácida, y un poco extraña…lo revisó, trajo el desayuno y le recorrió la cortina un poco dejándolo ver la cama con la que colindaba la suya…lo que vio, le abrió los ojos y le alteró los sentidos…el ronroneo de su respiración aunado a la belleza de su rostro, tan hermoso como la navidad permanecía con los ojos cerrados, descubrió que ese aroma proveniente de su improvisada recamara era el mejor aroma que había olido en un mes. Parecía tan ajena a todo este ajetreo que cuando la enferma cerraba la cortina, él la abrió de nuevo, pero la enferma insistió, debe descansar le dijo y le hizo un guiño, pero siempre despierta alrededor de la 1:00 a.m., aún no sabemos porque. La noche llegó y el sueño se apoderaba de él mientras continuaba la lectura, la hora de visita se había terminado, y el medicamento estaba haciendo su parte, sin embargo, él continuó despierto hasta que escuchó el quejido proveniente de su cama, ella había despertado para su sorpresa justo a la 1:00 de la mañana, dejo que pasarán unos minutos y cuando el apenas perceptible sollozo se alcanzó a escuchar, él con el libro y la mano estirada removió un poco la cortina para decir Hola, pero la cortina no se movía mucho, Ella la recorrió, Dios pensó él, sus ojos eran hermosos color miel aun cuando de ellos había un tono rojizo por la enfermedad. Hola dijo Ella en voz baja, en un hospital regularmente existe un espacio para el silencio, dejar descansar a nuestros enfermos, que vayan curando sus heridas y males poco a poco. La pregunta tal como en cualquier historia de hospital: ¿Por qué estás aquí? Un “no se” fue lo que él entendió al ver como ella subía los hombros…le preguntó por su nombre, pero entonces Ella se sentó y también tomó un libro señalándole la pasta color Rosa…así me puedes llamar, ahí fue cuando se entendieron, él tomó el libro señalando así mismo la pasta…Azul, para ser ellos mismos en un mundo atiborrado de hipocresías se olvidaron de los nombres y se nombraron como los colores…las primeras noches sus conversaciones apenas se escuchaban en los pasillos, honestos, desatinados, incipientes, salían a relucir sus gustos, ilusiones, miedos y presagios de lo que podía pasar, se iban descubriendo como quien descubre una flor o un nuevo mundo. Jamás creyó en el alma hasta que le conoció a Ella, encontrando la belleza interna que provenía del corazón y no del cuerpo, durante esos días de hospital mientras sufrían los embates de la enfermedad que los aquejaba, iban cuidándose mutuamente. Un día, él se lo propuso, quería acercarse a ella, abrazarle, dormir juntos en aquella cama individual atiborrada de cables y de sonidos tristes. Ella dudó, pero él no podía más, su corazón se volcaba hacia el abismo de los enamorados, sin tocarle ni besarle, él ya sabía que los sentimientos muchas veces no saben del tacto sino del sentir. De esa electricidad como los imanes que se van jalando poco a poco, Ella lo pensaría…se intercambiaron los libros y fueron acercándose en los miedos del pasado y los sueños del presente, ambos acordaron que esta enfermedad no los mataría, por ellos, por su familia y sus amigos…Y así, aquella noche, durmieron abrazados…decidieron destruirse para luego construirse bajo la mirada consentida de la Luna, era como si estuviesen destinados a estar juntos, sin importar de donde vinieras o quienes hayan sido, no eran ángeles, era simples seres humanos en el umbral del renovarse o morir, y el morir no era opción pero si el acompañarse, el compartirse bajo cualquier circunstancia. Más humanos que nunca debido a esa vulnerabilidad se besaban poco a poco, batiéndose contra la enfermedad, el remedio también podría acompañarse de esos besos que subían de tono recorriendo los cuerpos bajo las sábanas blancas y el silencio de la madrugada, aun cuando sabía que como las noches y los días, todo terminaría acabándose, él decidió aventurarse una vez más. Amarse con locura no estaba en su vocabulario hasta que se encontró con Ella, y esta vez, no estaba dispuesto a perderla. Tal vez se escuche extraño pero el día que fueron dados de altas, no querían salir, tenían ese miedo que las personas sufren al ser separadas porque el mundo allá afuera suele ser muy cambiante. Leía entre la mirada de sus ojos y el palpitar de su corazón, que Ella le mentía, pero a veces, las mentiras son mejores que las verdades. Para cuando Él despertó solo encontró una nota en su cama…en color rosa. Y así, se fueron alejando como dos nubes que se pierden en el anonimato de una lluvia que viene a quitarles todo lo que fueron, sin nombres salvo los colores, ambos coincidan en que se encontrarían pero en una ciudad tan gótica como sus habitantes no ocurría, él navegó en los ríos de su enfermedad, cayendo abismo tras abismo en esas reyertas de alcoholizados y filósofos amantes de lo mundano, esto es lo real, se decía él, lo demás fue espejismo, una lluvia de ilusiones rompiéndose al chocar en el pavimento, Azul, así marcaba sus poesías, sus cartas y las dirigía a Rosa, dejándolas en el hospital, por si ella volvía algún día, en alguna noche triste y melancólica, maldito mensaje soltaba entre dientes, mientras se revolcaba por las calles de la ciudad y los sueños que había empezado a construirse, tal vez las mentiras eran ciertas y las verdades falsas, no lo sabía, pero que importa…si estaba destinado a que se encontrase, tal vez si ocurriría en algún momento. La idea era sencilla, dibujo su rostro una y otra vez para que se pareciera lo más que él recordaba…imprimió una frase acompañada del dibujo y empezó a pegar las 200 copias por todos lados…de los lugares que visitarían, los que anhelaban, donde habían sufrido y donde pudiera estar…se asemeja ser uno de esos locos en búsqueda de amor perfecto e inexistente, era lo más que podía hacer, porque aunque de repente esa idea le atravesaba los sentidos, olvidarla, superarla, no era una opción, y así se subió al tren de los amantes extraviados, para ser él mismo en el lugar que fuere, si ella llegaría…le daría el corazón, si no, su corazón viviría la experiencia del vivir a plenitud, venciendo a la enfermedad o abrazado a ella misma. La luna roja apreció en el firmamento aquella noche de noviembre…robándose la mirada de los escépticos, le pareció hermosa, indescriptible, solo tenía algo diferente, el color, mientras la veía…tomó de la billetera el mensaje que Ella le dejo cuando se largó del hospital y entonces lo entendió…todo este tiempo había estado ahí…encontrarse cuando la Luna Roja apareciera. Corrió por las calles, deambuló en el metro hasta llegar ahí, donde todo parece terminarse, donde la terraza choca con el abismo, donde solo los amantes extraviados saben llegar, ahí le vio de nuevo…ya no tenía los ojos rojizos y su rostro distaba mucho de aquel que conoció…le costó reconocerla por la creciente belleza, pero al acercarse a ella y sentir de nuevo ese magnetismo como los imanes, supo que no alucinaba, más cuando le besó la mano para después acariciar sus mejillas mientras le rodeaba con los brazos abrazándole y diciéndole Hola al oído. Ella le correspondió con una sonrisa, besando sus mejillas en silencio…porque a veces lo que hablas con la mirada no necesitas decirlo con las palabras. Todos somos un poco tontos, incrédulos y porque no, optimistas cuando se trata de amar con locura y sin candados…No sabían lo que sería de ellos, de sus besos, del futuro, de la enfermedad que los aqueja, pero lo que si sabían, era que se aventurarían a explorarlo, a llamarse por colores y no por nombres, a desafiar las historias de amantes extraviados, caminando por los laberintos del Mundo de Morfeo.”