“Bajo un Sol
abrazador que se colaba por la ventana y el aire acondicionado enchinando la
piel por su cuerpo descubierto, así despertó. Soltando un grito, mejor dicho,
un aullido cual lobo herido. Una pesadilla, otra mas, de las que no puede
despertarse aun cuando sabe que es un sueño…alguien lo termina aprisionando,
involucrándolo con los miedos y las ilusiones que se han perdido y así, con el
sueño perturbado termina despertando siempre en ese quejido temeroso cual nota
de música tétrica. ¿Por qué? ¿De dónde proviene este miedo? este demonio
llamado temor que le rompe el sueño y solo deja la estela del deseo a no morir,
sin embargo, muy en el fondo entiende que la vida va acompañada de la muerte y
viceversa. Su corazón palpita fuerte, su cuerpo tiembla incluso, pero pronto
encuentra la calma, un suspiro tras otro, un déjalo ir fluyendo por sus venas
buscando la calma, un “pasará” repitiéndose en su mente hasta creerlo, todo
hasta la siguiente noche. Las noches en el hospital suelen ser algo
repetitivas, rutinarias, desangeladas salvo por las horas de visita y si tienes
suerte si una televisión se encuentra cerca de ti, todo es un sufrimiento y una
escucha de todo lo que ocurre mientras las personas convalecen, pero lo que
menos le gusta es el aroma…ese olor que expiden los hospitales cual a farmacia,
a aparatos médicos, a sueros e inyecciones, a esterilización. También a
compartir el cuarto con quien sabe quién, viendo como los sanos buscan
armonizar con los enfermos. La enfermera entró justo para abrir totalmente la
ventana y dejar entrar un poco el aire, le caía bien, era una señora con la que
había entablado empatía desde el primer día…un poco ácida, y un poco extraña…lo
revisó, trajo el desayuno y le recorrió la cortina un poco dejándolo ver la
cama con la que colindaba la suya…lo que vio, le abrió los ojos y le alteró los
sentidos…el ronroneo de su respiración aunado a la belleza de su rostro, tan
hermoso como la navidad permanecía con los ojos cerrados, descubrió que ese
aroma proveniente de su improvisada recamara era el mejor aroma que había olido
en un mes. Parecía tan ajena a todo este ajetreo que cuando la enferma cerraba
la cortina, él la abrió de nuevo, pero la enferma insistió, debe descansar le
dijo y le hizo un guiño, pero siempre despierta alrededor de la 1:00 a.m., aún
no sabemos porque. La noche llegó y el sueño se apoderaba de él mientras
continuaba la lectura, la hora de visita se había terminado, y el medicamento
estaba haciendo su parte, sin embargo, él continuó despierto hasta que escuchó
el quejido proveniente de su cama, ella había despertado para su sorpresa justo
a la 1:00 de la mañana, dejo que pasarán unos minutos y cuando el apenas
perceptible sollozo se alcanzó a escuchar, él con el libro y la mano estirada
removió un poco la cortina para decir Hola, pero la cortina no se movía mucho,
Ella la recorrió, Dios pensó él, sus ojos eran hermosos color miel aun cuando
de ellos había un tono rojizo por la enfermedad. Hola dijo Ella en voz baja, en
un hospital regularmente existe un espacio para el silencio, dejar descansar a
nuestros enfermos, que vayan curando sus heridas y males poco a poco. La pregunta
tal como en cualquier historia de hospital: ¿Por qué estás aquí? Un “no se” fue
lo que él entendió al ver como ella subía los hombros…le preguntó por su
nombre, pero entonces Ella se sentó y también tomó un libro señalándole la
pasta color Rosa…así me puedes llamar, ahí fue cuando se entendieron, él tomó
el libro señalando así mismo la pasta…Azul, para ser ellos mismos en un mundo
atiborrado de hipocresías se olvidaron de los nombres y se nombraron como los
colores…las primeras noches sus conversaciones apenas se escuchaban en los
pasillos, honestos, desatinados, incipientes, salían a relucir sus gustos,
ilusiones, miedos y presagios de lo que podía pasar, se iban descubriendo como
quien descubre una flor o un nuevo mundo. Jamás creyó en el alma hasta que le
conoció a Ella, encontrando la belleza interna que provenía del corazón y no del
cuerpo, durante esos días de hospital mientras sufrían los embates de la
enfermedad que los aquejaba, iban cuidándose mutuamente. Un día, él se lo
propuso, quería acercarse a ella, abrazarle, dormir juntos en aquella cama
individual atiborrada de cables y de sonidos tristes. Ella dudó, pero él no
podía más, su corazón se volcaba hacia el abismo de los enamorados, sin tocarle
ni besarle, él ya sabía que los sentimientos muchas veces no saben del tacto
sino del sentir. De esa electricidad como los imanes que se van jalando poco a
poco, Ella lo pensaría…se intercambiaron los libros y fueron acercándose en los
miedos del pasado y los sueños del presente, ambos acordaron que esta
enfermedad no los mataría, por ellos, por su familia y sus amigos…Y así,
aquella noche, durmieron abrazados…decidieron destruirse para luego construirse
bajo la mirada consentida de la Luna, era como si estuviesen destinados a estar
juntos, sin importar de donde vinieras o quienes hayan sido, no eran ángeles,
era simples seres humanos en el umbral del renovarse o morir, y el morir no era
opción pero si el acompañarse, el compartirse bajo cualquier circunstancia. Más
humanos que nunca debido a esa vulnerabilidad se besaban poco a poco,
batiéndose contra la enfermedad, el remedio también podría acompañarse de esos
besos que subían de tono recorriendo los cuerpos bajo las sábanas blancas y el
silencio de la madrugada, aun cuando sabía que como las noches y los días, todo
terminaría acabándose, él decidió aventurarse una vez más. Amarse con locura no
estaba en su vocabulario hasta que se encontró con Ella, y esta vez, no estaba
dispuesto a perderla. Tal vez se escuche extraño pero el día que fueron dados
de altas, no querían salir, tenían ese miedo que las personas sufren al ser
separadas porque el mundo allá afuera suele ser muy cambiante. Leía entre la mirada
de sus ojos y el palpitar de su corazón, que Ella le mentía, pero a veces, las
mentiras son mejores que las verdades. Para cuando Él despertó solo encontró
una nota en su cama…en color rosa. Y así, se fueron alejando como dos nubes que
se pierden en el anonimato de una lluvia que viene a quitarles todo lo que
fueron, sin nombres salvo los colores, ambos coincidan en que se encontrarían
pero en una ciudad tan gótica como sus habitantes no ocurría, él navegó en los
ríos de su enfermedad, cayendo abismo tras abismo en esas reyertas de
alcoholizados y filósofos amantes de lo mundano, esto es lo real, se decía él,
lo demás fue espejismo, una lluvia de ilusiones rompiéndose al chocar en el
pavimento, Azul, así marcaba sus poesías, sus cartas y las dirigía a Rosa,
dejándolas en el hospital, por si ella volvía algún día, en alguna noche triste
y melancólica, maldito mensaje soltaba entre dientes, mientras se revolcaba por
las calles de la ciudad y los sueños que había empezado a construirse, tal vez
las mentiras eran ciertas y las verdades falsas, no lo sabía, pero que
importa…si estaba destinado a que se encontrase, tal vez si ocurriría en algún
momento. La idea era sencilla, dibujo su rostro una y otra vez para que se
pareciera lo más que él recordaba…imprimió una frase acompañada del dibujo y
empezó a pegar las 200 copias por todos lados…de los lugares que visitarían,
los que anhelaban, donde habían sufrido y donde pudiera estar…se asemeja ser
uno de esos locos en búsqueda de amor perfecto e inexistente, era lo más que
podía hacer, porque aunque de repente esa idea le atravesaba los sentidos,
olvidarla, superarla, no era una opción, y así se subió al tren de los amantes
extraviados, para ser él mismo en el lugar que fuere, si ella llegaría…le daría
el corazón, si no, su corazón viviría la experiencia del vivir a plenitud,
venciendo a la enfermedad o abrazado a ella misma. La luna roja apreció en el
firmamento aquella noche de noviembre…robándose la mirada de los escépticos, le
pareció hermosa, indescriptible, solo tenía algo diferente, el color, mientras
la veía…tomó de la billetera el mensaje que Ella le dejo cuando se largó del
hospital y entonces lo entendió…todo este tiempo había estado ahí…encontrarse
cuando la Luna Roja apareciera. Corrió por las calles, deambuló en el metro
hasta llegar ahí, donde todo parece terminarse, donde la terraza choca con el
abismo, donde solo los amantes extraviados saben llegar, ahí le vio de nuevo…ya
no tenía los ojos rojizos y su rostro distaba mucho de aquel que conoció…le costó
reconocerla por la creciente belleza, pero al acercarse a ella y sentir de
nuevo ese magnetismo como los imanes, supo que no alucinaba, más cuando le besó
la mano para después acariciar sus mejillas mientras le rodeaba con los brazos abrazándole
y diciéndole Hola al oído. Ella le correspondió con una sonrisa, besando sus
mejillas en silencio…porque a veces lo que hablas con la mirada no necesitas
decirlo con las palabras. Todos somos un poco tontos, incrédulos y porque no,
optimistas cuando se trata de amar con locura y sin candados…No sabían lo que
sería de ellos, de sus besos, del futuro, de la enfermedad que los aqueja, pero
lo que si sabían, era que se aventurarían a explorarlo, a llamarse por colores
y no por nombres, a desafiar las historias de amantes extraviados, caminando
por los laberintos del Mundo de Morfeo.”