“Bajo el cielo azul
amenizado por las nubes blancas, la corriente de aire atípica en estos días presentándose
ante la ciudad haciendo un sonido que parecía musical y algo romántico, se
paseo durante la tarde por el centro llegando al vecindario mientras cruzaba
por el callejón para arribar a su casa, en la otra esquina del callejón estaban
esperándolo. El cuentista cruzó a paso acelerado saludando desde lejos
apresurado por llegar a ella, en los cuentos las doncellas llegan a desaparecer
se decía el. Le dio un abrazo mientras le besaba su mejilla
-
¿Qué haces aquí?
-
Estaba por el vecindario, y pensé que mejor tarde para
pasarla juntos
-
Lo había olvidado por completo
-
Ja. ¿Qué olvidaste?
-
¿es jueves, no es así? Lo siento. Tenemos un trato, mi
deber es cumplirlo.
-
No es obligación, podemos hacer otra cosa mañana u
pasado.
-
¿si? Anda sube, ya estas aquí, y alguien me dijo una
vez que el futuro suele ser incierto. Ya habrá mañana pero el hoy ahora esta
aquí
-
¿escucharemos algún disco?
-
El que tu quieras, siempre y cuando no nos escuches
todo el vecindario
Sentado en un banco
con la ventana cerrándose y abriéndose por las cortinas que la enamoraban con
sus movimientos aderezados por el sonido de José José, La señora del labio roto
se acerco a el y le extendió la mano invitándole a bailar, pero el la rechazo:
no bailo le dijo, pero ella insistió, no te he invitado a bailar, te invite a
que me acompañaras. El se levanto y ella le abrazo con los ojos cerrados
mientras se movía delicadamente al compás de la canción y la tarde se les
escapo por la ventana con ella bailando y el solamente abrazándole hasta que se
escucho el sonido del teléfono. Con el momento interrumpido por el teléfono, el
cuentista se disculpo y contesto:
-
Hola. ¿Quién habla?
-
Soy yo.
-
¿Doctor? Que sorpresa, creo que es la primera vez que Ud.
me llama.
-
No importa. ¿vendrás esta noche?
-
No sabia que teníamos cita, doctor.
-
Si, entiendo pero algunos pacientes recordaron que
dejaste una historia empezada, y te esperan esta noche.
-
Entiendo. Tratare de ir.
-
Ven, los muchachos están entusiasmados y tú sabes que
en este lugar no son muchos esos días, te lo pido como amigo.
-
Llegaré en un par de horas.
-
Gracias. ¿ya tienes la respuesta a mi pregunta?
-
Aun no, Doctor. Pero gracias por preguntar
“El Cuentista tomo su
mochila de nuevo, y le dijo: como no te he cumplido, espero vengas mañana o
bien vengas el siguiente jueves. Y como prometer no empobrece tendré dos capítulos
por un día. Cuídate, ya sabes como cerrar la casa, si no la cierras sabre que
te has quedado como ese jueves donde el cuento inicio y sonriéndole
suspicazmente salió. La ciudad tomaba tintes claros y tonos grises con los que
dejaba siempre atónitos a los turistas, el cuentista siempre se preguntaba como
es que los citadinos no apreciaban eso pero no siempre se es profeta en su
tierra. El autobús de nuevo esperaba por el. Pasaba frente a sus ojos mientras
el aspiraba el aire de la ciudad impregnado de historias, miedos, alegrías y
tantas anécdotas que el pudiera interpretar en sus noches en el instituto, recordó
como hacia tiempo por los kioscos de la ciudad creando historias o contando
grandes libros de la literatura occidental a lo que niños asombrados aplaudía.
Era buen negocio se dijo, debería serlo aun pero recordó que la ansiedad alguna
vez lo tenia metido en casa y solo salía de vez en cuando, sus vivencias las había
dejado de buscar para quedarse con lo que ya tenia. El Doctor desde su ventana
le dio la bienvenida, esta vez le hizo una seña que esperara y bajo a
recibirlo:
-
¿Qué paso, Dr.? se escucho muy insistente, ¿pasa algo?
-
No he recibido buenas noticias de la señora Martha. Le
queda poco tiempo y no se, se me ocurrió que podría animarse.
-
Lo siento, es una noticia terrible, ¿ella lo sabe?
-
Creo que si, al menos se le ha visto triste aunque no
se lo he comentado directamente, debió intuir mi mirada al ver sus estudios y
escuchar al especialista al teléfono.
-
Es una tristeza, ella me ha escuchado muchas veces
creo que la conozco de hace mucho tiempo. ¿Dónde esta?
-
En el mismo lugar con los pacientes, les dije que hoy habías
hablado que vendrías, ¿trajiste algo elaborado?
-
Los cuentos amigo mío, salen del alma misma y de lo
que traemos en nosotros, veremos que podemos hacer, al final es una historia
sin final eso hace que podemos jugar con los acontecimientos, ¿entramos?
-
Tú eres el artista, entremos.
Los pacientes estaban
ya puestos en semicírculo, ansiosos por la historia que se contaría de nuevo. Uno
de ellos dijo:
-
¿Qué trae en la mochila?
-
De seguro, son chocolates o dulces.
-
No dijo la señora, trae las aves que vuelan sobre el
cielo, ayer soñé que volaba
-
Todos podemos volar. Dijo el cuentista
-
¿podemos? Ud. no esta tan completo como aparenta, debe
estar dormido.
-
Yo conocí a un señor que volaba. ¿o era un niño? Dijo
el pequeño.
-
Ese debe ser Peter Pan, mi gran amigo. Pero porque no
dejar que sea la imaginación y un buen cuento el que nos lo diga. Cierren sus
ojos hasta que yo se los diga
-
Excelente, dijo el Dr. todos escucharemos.
Y así el cuentista
inicio con su relato: “Se dice que aquel día el viento del norte azotaba fuerte
los árboles y volaban los periódicos y las revistas de los puestos, la fuerza
de este tenia su tinte friolento y macabro atiborrando la mente de la gente de
malos pensamientos, es presagio de algo malo decían. Pero no para el Hombre del
Sombrero Grisáceo que ahora estaba sentado en la banca de la calle mas sola de
la ciudad, el libro que encontró en el suelo y ahora portaba en sus manos parecía
jugarle una pasada del destino, repleto de letras que enlazaban historias cual
sopa de letras de esas que nos hacen las mamas cuando sufrimos de gripe. La
calle solitaria y el viento del norte hacían que las paginas pasasen unas sobre
otras haciendo un sonido que atemorizaba, el hombre se aferro el sombrero,
ajusto su gabardina y el cerrar de sus ojos lo llevo a un recuerdo que se había
agarrado de su corazón cual niño a su juguete favorito. Adelante abran sus
ojos, mis amigos. El cuentista había abierto las ventanas del cuarto y sentado
frente a ella había hecho un dibujo de un templete en un pequeño cuarto repleto
de personas de las cuales sobresalían solo sus cabezas, una bailarina en el
medio ejecutaba en una musical pose y un pianista poseído por su piano, en la
orilla cerca del telón un niño los veía a ambos. ¿Que les dice este dibujo?
-
Es una obra de teatro. Dijo el niño
-
Es un baile de ricos, dijo el señor.
-
Los ricos no bailan tan bien como los que no son
ricos.
-
¿y porque no? Dijo el cuentista.
-
Si ese no parece baile, mis papas siempre bailan
abrazados, ellos parecen actores.
-
Ja. porque no dejamos que el cuento nos lo haga saber.
El cuentista noto que
la señora no dejaba de ver el dibujo y noto su semblante de tristeza en el
rostro y le guiño el ojo: “El Hombre recordó el teatro y a su madre que dos
veces a la semana lo llevaba para que la viese bailar. Ella era una bailarina
que interpretaba canciones con sus movimientos mientras que el pianista necesitaba
de una musa para que esta conectara al publico con lo que el quería hacer
sentir. Era una unión de actores dándole vida a una canción y ella era la
mejor. ¿Por qué la había abandonado sin decirle a donde iría? Se sintió
culpable, abrió los ojos y leyó una de las canciones del libro, no pudo
terminarla cuando sentía un fuerte sentir en su corazón que le llenaba el
rostro de emociones encontradas. Se levantó ascendió por la solitaria calle
hasta su edificio que aun conservaba su misteriosa señal en lo mas alto de su
estructura, libro en mano atravesó recepción y se dirigió al elevador, los
empleados le temían y algunos incluso no le veían al rostro pero todos le
saludaron. Nadie podía evitar no ver sus marcas en el rostro a pesar de las
gafas, pero aun así no se percataron de sus ojos enrojecidos por el recuerdo y
el desangelado sentir que ahora lo embargaba, pulsó el botón del último piso y
suspiro profundamente. Llegó a su oficina sin decir palabra, abrió las puertas
y su asistente corrió detrás de el para empezar con los pendientes del día pero
el dijo:
-
Este día no habrá juntas ni llamadas, dame una hoja y
una pluma. Consigue el helicóptero y ponme al piloto en la línea. Dame 5
minutos y regresa con el teléfono en la mano.
-
Si, señor.
¿Cuál es su plan?
Dijo el cuentista y de su mochila se asomaron un par de muñecos hombre y mujer.
Los pacientes asombrados dijeron:
-
Si fuera el, viajaría por Europa. Se nota que es rico.
-
Yo creo que se aventara desde el helicóptero en el mar
y navegara a una isla perdida.
-
¿y Ud. señora que piensa?
-
Que importa, el corazón de ese hombre parece frío y
ellos siempre piensan en una tontería que solo los lleve a pecar. Ya ve como le
quedo el rostro.
-
Ja. les diré que no es ninguna de esas respuestas
No dejaba de ver a
los ojos a la señora pero ella estaba absorta en esos momentos donde asimilas
que todo esta por cambiar o mejor dicho que no cambiara nada porque el tiempo
se esta agotando. El cuentista tomo los muñecos y reinicio su relato: “la
llamada con el piloto fue clara y le fue entregada la hoja doblada en sus
manos. No le diría a nadie de ello. Y lo vería en 3 horas. Después le dijo a su
asistente que llamara al teatro y le dio unas indicaciones. El Helicóptero sobrevoló
la ciudad y se dirigió hacia el edificio de tintes góticos, descendió y el
piloto espero a que las aspas de detuvieran. Piloto y pasajero descendieron por
la escalera y entraron al edificio. La recepcionista apareció a la puerta y le
dijo: bienvenida, venga por aquí y entraron en la oficina principal. Habían
quitado la mesa de trabajo y ahora estaba un piano frente a el un vestidor improvisado
había 5 elegantes vestidos y en una silla unos zapatos de marca. Sin saber que
esperar admiraba los vestidos cuando escucho la voz:
-
Son tuyos. Elígelos todos. bienvenida mama.
-
Hijo mío. ¿Dónde estuviste? No se ni porque estoy
aquí, te fuiste sin decir nada ni a nadie, te hemos creído muerto todo este
tiempo aunque aun conservo algo de esperanza, ¿Qué te paso?
-
Lo siento, mama. Es lo único que me ocurre decir
-
Hijo, sabes que al recibir tu nota dude de todo esto, pensé
que era una farsa, algún loco o psicótico porque destruí mi corazón días enteros
sabiendo que jamás te volvería a ver.
-
Era la única manera de hacerte venir aquí, de que
dijeras que si aunque tu corazón dudara que fuera cierto. Anda ponte un
vestido, quier ver bailar a mi madre.
-
No es tan fácil, hijo. Te fuiste años y ahora incluso
te noto muy diferente, mas frío, distante y además que le paso a tu rostro.
-
Lo se, madre. La vida me ha cambiado, mas bien, he
evolucionado. Mira lo que aquí tienes es todo de mi trabajo, desde que me fui
me quede a trabajar día tras día, intentándolo de cualquier forma y a cualquier
precio.
-
Lo has hecho bien, hijo mío. Lo que importa es lo que
te dice el corazón.
-
Entonces, ¿bailaras?
-
Claro, hijo. Por ti, puedo hacerlo. ¿Quién tocara?
-
Espera y sabrás. Adelante, viejo amigo.
El pianista entro con
su traje color negro y blanco inicio sus movimientos de calentamiento y le
dijo: su hijo me dijo que Ud. era la mejor bailarina de su ciudad. Me encantaría
que interpretara mi canción. La señora eligió un vestido color morado brillante
y se puso los zapatos negros al salir del vestidor el pianista comenzó a tocar
y la señora a bailar como en sus mejores días, sus movimientos característicos
le llenaban de orgullo y sonrisas al hombre del sombrero grisáceo” El Cuentista
movía a los muñecos de un lado a otro haciendo los movimientos con sus manos y
creando las voces de la nada. Los pacientes embelesados y la señora que poco a
poco recobraba en su rostro el color y sus ojos se llenaban de lagrimas
recordando su vieja época de bailarina ¿será que el sabia algo? Ella lo presentía,
los estudios no habían salido bien lo vio en el rostro del Dr. pero había
aceptado su destino ya hacia tiempo, solo que le hubiera gustado bailar de
nuevo eso era lo que mas extrañaba. El continuó con su historia: “El Hombre del
Sombrero Grisáceo se abrazo con su madre mientras el pianista tocaba su ultima canción
diciéndole de nuevo cuanto lo sentía. Un hijo no puede estar alejado del hogar
tanto tiempo le dijo ella. Sabes donde encontrarme, gracias por el paseo. El se
quedo viendo como su madre salía por la puerta hacia el helipuerto y no fue
detrás de ella, mas aun al ver que ella había dejado una nota que estaba encima
del libro que el había dejado sobre la mesa” El cuentista les dijo a su publico
que cerrasen sus ojos, el capitulo estaría por terminar, el niño le dijo:
-
Ya no quiero cerrar los ojos, después nos quedamos
siempre con dudas
-
El otro día ni siquiera se que decía el libro, dijo el
señor
-
Y Ud. señora que piensa, pregunto el.
-
Que las cosas pasan por algo y debemos confiar en lo
que el corazón nos dice y yo cerrare mis ojos.
-
¿Qué dicen Uds.?
-
Si ella dice, lo hacemos. Pero no nos deje muchas
dudas, le dijo el niño con la mirada
Ellos cerraron sus
ojos y el cuentista tomo una vez mas el cuadernillo, esta vez dibujo muy aprisa
y a color, les pidió no abrir sus ojos y se empezó a escuchar una canción a
capella y dijo “Los valientes son obstinados, se decía por ahí en un libro de
relatos bíblicos e historias para el hombre contemporáneo. Una búsqueda de
elegir y no dejarse por aquello que parece ya estar escrito rompiendo barreras
mentales, físicas e incluso amorosas y jactarse de ser quien se quiere ser
rompiendo el hilo del tiempo y el guión hecho para cada uno de nosotros, sin
embargo, el hombre que se encuentra desesperado porque el elevador llegue a la
planta baja no opina igual, esta desplomándose de nuevo ante el cambio que se
avecina, es una lluvia que romperá ventanas, tumbara puertas y le quitara el
sueño mas de una vez por semana. Agobiado por lo que ocurre a su alrededor tomó
el libro de nuevo y recordó que aun no había leído la hoja abriéndola justo
antes que el elevador llegara a su destino. Un dibujo y una nota le devolvieron
la sonrisa a los labios en un segundo, no sabia que decir o sentir, solo sabia
que no todo estaba perdido aun podía recuperar lo único que había dejado de
tener. Se sintió de repente ilusionado y un tanto joven. No era poder lo que sentía,
eran ganas de hacer algo diferente. El elevador se abrió y el Hombre del
Sombrero Grisáceo sonrió a la recepción y saludo al portero. Del cielo caían
pedazos de….” El cuentista empezó a cantar apenas en un susurro y se escapo de
nuevo por la puertas mientras los pacientes se quedaban escuchando como la canción
se iba lentamente, salio por las escaleras aceleradamente y le grito al Dr.:
Nos vemos el próximo jueves, Dr. y el contesto: Espero que sea hermosa.
Los pacientes abrieron
sus ojos y sobre la silla de la señora estaba un dibujo de un niño tomado de la
mano de la bailarina mientras algodones de azúcar de todos colores caían sobre
ellos y terminaban en el pavimento. En la orilla del dibujo decía: bajo el
dibujo, la no. 4. La señora levantó el dibujo y se encontró con un CD de Yanni.
Ella dijo gracias y abrazo el dibujo. Lejos de ahí el cuentista empujaba el
autobús con la mirada, con la mente, con sus pensamientos queriendo llegar de
inmediato, salto del autobús antes que se detuviera para llegar y atravesar el
callejón hasta que llego a la casa, suspiro y la puerta estaba cerrada. No había
razón de ella, sacó su llave y abrió la puerta, dejo las llaves en la mesita y
se sirvió un vaso de agua, se asomo a la recamara y ella dormía plácidamente,
no se había ido, ¿Por qué habría cerrado? Se quito los zapatos, se acerco a
ella y sobre sus manos encontró una nota que decía: “Los cuentos también se
cuentan con las letras, me gusto esta frase, ¿me haces un cuento?” El Cuentista
soltó una carcajada mientras se tapaba la boca con su mano, de nuevo se sentó
frente a la ventana, tomo su cuadernillo pero esta vez empezó a hilar letra tras
letra.”