“Es otra tarde lluviosa, llueve y llueve, gotas van y caen estrepitosamente en el pavimento, en los autos y en las personas, hace días que las nubes grisáceas traídas por la madre naturaleza se lleva las estrellas y no las deja salir ni ser vistas por nadie que ose levantar su vista al cielo, es el verano aquí o mas bien la época de las lluvias que traen consigo resfriados, insectos, cambios de clima y en algunas noches atrayendo la nostalgia de recuerdos atiborrados de placer reflejándose en los ojos la vida que nos gusta tener y dejando el optimismo para otros días, sin embargo, siempre cuando caminas al trabajo soportando la pesadez del calor y la humedad que gustan de llevarse las energías a cualquier lado, vienen esos minutos donde todo puede cambiar y crearse esa sensación que no controlas y tienes que seguirla porque si no, el cuerpo lo adolece. El oficinista se asomaba por la ventana mientras el cielo se venia abajo con esta lluvia y pensaba en como le encantaría estar en todos lados menos aquí encerrado, suspiro diciéndose: Solo una hora mas, y me encontrare en la barra de cualquier bar hablando con quien sea para disfrutar de un trago y porque no, un pastel de chocolate, que ironía estos sueños de oficina y continuaba firmando documentos. El oficinista cansado de tanto papel por firmar, de tantas llamadas y jerarquías cayendo una tras otra, decidió no esperar mas a que llegara la hora de salida escapando por la ventana llevándose nada ahí dejo el maletín con su computadora y su saco olvidándose de todo caminando entre calles inundadas con la lluvia pertinaz avanzó 4, 5 o 6 calles pasando por cafés sin que ese aroma lo confundiese de sus intenciones así como los pedazos de pastel de chocolate que acompañaba en mas de una mesa no pudo reprimir una sonrisa ante la naturaleza que ahora se burlaba de el ataviando su camisa con agua del cielo dejo su celular en el auto quitándose su corbata y entró al primer bar que encontró diciendo al mesero:
- Sírveme una cerveza, una copa de vino y déjame la botella, por favor que hoy me traeré las estrellas.
- ¿estrellas? Aquí solo existen lunas. Dijo la mujer de la esquina en la barra de ojos profundos
- Las estrellas siempre existen para quien mira al cielo.
Ella se acercó rozando su mano con la de el tomando la copa diciéndole:
- Espero que la oficina no te extrañe. Y entonces dejo la marca de sus labios rojos en la copa. El le sonrió:
- Te gusta bailar?
- Si haces una pregunta puede que la respuesta no sea la que tu esperas, hazlo mejor
- Bailemos.
Le tomó por la cintura con su brazo y le llevó a la única luz encendida en el bar mas oscuro de toda la calle, la canción pareciera durar una eternidad para los dos que están absortos el uno en el otro desahogando el sentir que ahora llenaba el pedacito de luz donde ahora bailaban y así al terminar la segunda o tercer canción las cuales ni siquiera llevaban pizca de romance, ellos seguían tan cerca que sus labios cada segundo se acercaban mas el uno con el otro. Todo parecía haber esfumado y él dijo:
- Tengo ganas de besar tus labios tan profundo que duela el alma.
- No lo anuncies, hazlo que finalmente sea la noche que determine lo que sucederá.
- Te informo para que al morderte te sientas como yo estoy ahora.
- No hace falta que lo digas, a como te siento me haces sentir. Si me besaras que sea tan lenta y fuertemente que cure ese dolo del alma.
Le cerró los ojos con su mano besándole tan profundo que sintió como se acelero el palpitar de su corazón justo en el suyo, el instante que se llevaría la tarde y cambiaria la noche para siempre
- Bailando esta pieza no podre soltarte ni hoy ni durante la noche, tu y yo somos almas perdidas pero aun sabemos como sentir la vida. Le dijo a su oído mientras pagaba en la barra invitándole a salir.
Y ahí afuera las nubes se habían disipado dejándolo solo con la Luna partida por la mitad, los dos caminaron por calles, callejones, bares, cantinas besándose en cada luz caída, en cada suspiro, en cada tonto y cada loco viéndolos pasar, en cada semáforo que les permitía cruzar la calle, ahí entre pétalos amarillos que salían de cualquier ventana o de cualquier rendija. Ahí encima por un cerro se erguía la estatua de piedra monumento representativo de la ciudad, subieron por una escalera desde ahí toda la ciudad se sublevaba a sus pies cual protector la estatua protegía pareciéndose mas a un redentor que a un rey si es que aun quedan de aquellos. Perdidos en ese anochecer donde todo parece tener un nombre, simplemente eran dos personas buscando un momento a solas, un instante para ellos, un abrazo que cale los huesos que sea presagio de noches a repetir, aves de mal agüero hurgando en las ramas de apasionadas noches y extraños placeres dejando que todo desapareciera frente a ellos, ella le dijo:
- Tengo ánimos de ver estrellas, de que lunas nuevas aparezcan y viajar en el firmamento. Dijiste que habría.
- Siéntate, esta por ocurrir. Le abrazó por su espalda tomándole la mano dándole un beso que le quitó el aliento.
En el cielo, en una noche cualquiera después de una lluvia que no parecía terminar, aquel par de insensatos dirigían sus miradas hacia el cielo esperando por un milagro o algo cotidiano dependiendo del optimismo. La estrella fugaz apareció recorriendo el cielo en un instante, un segundo, en un beso, en una mirada sonriéndole a la Luna la estrella fugaz navegó por el cielo llevándose todo incluyendo a ese par de locos, de ellos solo puedo contarles que en el monumento de la ciudad aun se habla de dos almas que se desnudaron y el sonido de su canción que aun se escucha al pasar la estrella fugaz. No puedo hablarles de las noches siguientes o del mañana, el futuro es incierto ya de por si, sin embargo, siempre existen personas que miran hacia el firmamento buscando lunas nuevas y estrellas fugaces.”