“El día cambió, las hojas del
otoño se pierden en el anonimato de la vida en los jardines que adornan los
edificios de la ciudad, llovió, se aclaró, salió el Sol y se perdieron quien
sabe cuántos besos en el camino mientras él estaba ahí, se perdía de todo lo
que ocurría afuera. Quizá fuese otro año ya, quizá fuese otra dimensión o
incluso, él ya fuese alguien más, un ser humano con más cicatrices en el
corazón. Se siente extraño caminar sin mover los pies y llorar sin soltar
lágrimas, reír sin que las carcajadas se escuchen fuera de su mente. En
cualquier caso, poco importa, los caminos de la vida son siempre sinuosos y las
personas solo estamos tratando de no caer al abismo y rompernos la espalda al
tomar las decisiones que nos llevaran por las consecuencias de las que no
muchos saben que hacer con ellas, y sin embargo, el mundo seguirá rodando aun
cuando el mundo de ellos haya colapsado y no exista más, un mundo destruido y
sus pedazos rotando sobre el otro mundo, ese en el que la palabra “ambos” se
haya diluido como la arena entre las manos…Quizás es tiempo de elevar las
anclas y partir sin rumbo fijo, dejando los mapas en casa y llevándose lo
indispensable para evitar el peso de los recuerdos…debería levantarse hoy,
animarse, rasurarse, comprarse una camisa nueva y estrenar los zapatos que
guardó para un día especial, porque la vida se va en un soplido y sus historias
se realizan o se pierden de acuerdo al clima, las decisiones y las personas. Y
entonces, dijo me iré…destruiré el infierno y saldré a la tierra de los amantes
partidos por la mitad para no comprender o entender, esas palabras son rebuscas
sino, para continuar. Se asomó a la ventana, apreciando la vista, estiró un
poco los pies y dejo que la vista fuese perdiéndose ante el atardecer para
después tomar el saco y escapar de esa oficina que huele a rayos, a ausencia, a
desánimo y tragicomedia. En casa preparó todo…auto, comida, lugar, refugio,
ruta y música para acompañarlo…justo cuando el amanecer le esperaba para
recorrer la carretera, alguien estaba dentro del convertible. Veo que vas de
viaje, le dijo… ¿puedo ir? Él no sabía cómo es que ella sabía que se iría, es
mas no sabía ni siquiera quien era, le pareció verla alguna vez en algún
momento de su vida por las calles de la ciudad. Noto que al igual que él, ella
también se veía cansada y le dijo, que como ella sabía que él se marchaba, ella
le contestó que buscaba con quien viajar, estaba dispuesta a poner la mitad…al
final, todos llega un momento en que ocupamos de alguien, además dijo ella
porto aquí señalando su bolso, la mejor colección de canciones para ese rostro
tuyo perdido entre el ayer y la perdida…sonrió, ella tiene razón pensó…que
diablos, ya había pagado todo, pero le aseguró solo hasta el siguiente puerto y
entonces nos separaremos…y así, mientras el Sol empezaba su jornada aquellos
dos desconocidos se fueron. El viento les acompañaba rompiendo las palabras que
apenas los dos se decían mientras la música les decía de donde, como, porque,
cuando y quien tenía la culpa o la razón de sus sentimientos…bendita música,
alimento del alma porque del alma misma viene, como una vieja amiga para
decirte que decirte sin que esto te haga acreedor de una historia, y así ambos
cantaban las estrofas del amor derritiéndose como paleta hasta volverse agua. Árboles,
cementerios, casas, largos plantíos de maíz cual paisaje melódico a través del
asfalto. Nadie tocaba el tema, al fin y al cabo, ya están en el auto, pero
todos sabemos que es de buena lid hacer platica a quien maneja más si vamos de
copiloto y sin ninguna historia que respalde el porque estaba en el auto. Y así
inició la conversación cuyos temas comenzaron donde todas comienzan, el nombre,
a que te dedicas, el porque vas a dónde vas, y donde naciste, que signo eres,
el clima y cómo fue que llegaste aquí…era una pregunta tras otra, a él al
principio le resultó un poco molesto pero después que ella abrió una botella y
le dio a probar mientras las gotas se detenían en el aire e iban a parar a las
comisuras de la boca, se percató de la belleza del día y por primera vez le vio
realmente…era hermosa como la mañana, le pareció gracioso que no se hubiese
percatado que entre su pelo rizado peleándose con el viento y que tras esos
lentes que le quedaban grandes había unos ojos hermosos y extraviados verdes
como el bosque, ella se debatía entre la botella y no dejar que los cabellos le
interrumpiesen la lectura que habría emprendido del libro de poesía que le
hacía repetir los versos una y otra vez, él bebía mesuradamente para no toparse
con el muro de los recuerdos, aunque se percató, este muro se apercibía a lo
lejos en un pequeña tienda sobre una subida que culminaba con un acantilado.
Descendieron, compraron algo de comer y se acercaron al acantilado, algunos
viajeros se detuvieron por una foto, pero ellos solo comían y se hablaban por
los ojos…decantándose por devorar el alimento para continuar su camino, la
botella continuaba quedándose vacía cuando iban de nuevo al auto, de pronto
ella se acercó al acantilado y le dijo acércate. Él se acercó y ella le abrazó
sin más, sin palabra o gesto alguno, entonces ambos se vieron, descubriendo lo
que de los dos se sabía…que eran enfermos emocionales, y debían reconstruirse
juntos. Cuando llegaron a la primer ciudad…ya iban por la segunda botella, bañados
por el atardecer y de esos nublados que parece que jamás lloverá…recorrieron la
ciudad, bebieron en la plaza central, hablaron de las iglesias, los monumentos
y sus porque, de cómo llegó todo a estar donde esta y como es que se conversan
en el tiempo…Ambos acordaron quedarse en la ciudad, ella le recordó que dinero
no portaba pero él le dijo…tú en la cama, yo en el suelo y así mientras la
lluvia por fin empezaba a devorarse la noche subieron al cuarto…un hotel
perdido en el anonimato de la noche los recibió…abrieron las ventanas, un
diminuto balcón y una cama individual, no había tele, no había mesita de
noche…pero para pasar la noche, con el viento y una botella acompañado de una
conversación efímera y eterna todo parece estar resuelto. Al final de la noche,
lo obvio salió a colación, si habrían de ser enfermos emocionales había que
tener un acuerdo, estaba prohibido prohibir…lo que ambos harían sería
enfermarse juntos, ser la cura y la enfermedad, el olvido y el
recuerdo…compartirían la noche y los labios, el cielo de las caricias y el
infierno de los corazones rotos…que importa, hay amores que es mejor no
recordar y así, él se acercó a ella al filo del diminuto balcón para arrancarle
la ropa besándole todo su cuello, para acariciar sus muslos y besar sus pechos,
para desnudarse y descubrirse apasionadamente en el piso del lúgubre hotel
donde los cuerpos se unirían como el mar y la arena, como la lluvia y el
pavimento. Frente a ese halo de luz que entraba por la ventana se dijeron sus
verdades, sus miedos y se revolcaron en sus caricias…Pelearon, se refugiaron en
las paredes de sus sentimientos defendiendo su historia el uno frente al otro
sin darse cuenta que eso los alejaba, él la calló a besos, ella lo calló a
caricias…un acuerdo mutuo sería, destruirse ambos para construirse de las
heridas, y así, sacar lo malo dejando lo bueno. Recorrieron tres o cuatro,
cinco ciudades, perdiéndose entre los tumultos, las expediciones y los
desangelados hoteles para romperse los labios en cada beso y arrancarse la piel
en cada caricia durante las noches…les gustaba hacerse pasar por extraños y en
cada ciudad volver a conocerse…decirse cualquier nombre y ser algún personaje
de película o libro, así no se perderían en la rutina o el sexo redundante…pero
este juego suele durar poco, porque siempre alguien gusta cambiar los rituales,
los papeles, añadirles rutas y formas a las cosas…vaya darle un recetario para
que el sabor siempre sepa rico…pero habían controlado todo, aunque a veces
ambos se veían como dos animales en celos que no podían dejar de tenerse
juntos, de tomarse la mano, robarse veces o perderse en la mirada del otro, por
eso cada noche era el fin y cada despertar el inició hasta que…Él despertó
feliz, en calma, como un mar a punto de desatar una tormenta…el sol lamía las
heridas de la noche…el libro de poesía seguía ahí abierto y las botellas
decoraban el ventanal del último hotel…le buscó pero no le halló hasta que
escuchó la regadera…la espalda desnuda de ella con ese tatuaje que horas antes
había besado apasionadamente le encantaba, buscó agua pero no halló, buscó sus
pantalones pero tampoco los halló…ella se vistió tan rápido como pudo mientras
él continuaba la búsqueda…duerme le dijo, volveré en un momento y le dio un
largo beso que duro una eternidad…entonces él supo que ese sería el último cuando
ella salió por la puerta llevándose todas las ilusiones al carajo haciendo
sangrar al corazón. Y así se fue…como se van las hojas de los árboles…en un
amanecer rojizo y melancólico junto a la brisa de la lluvia que apenas se
aparecía por la ventana del hotel. Le vio partir, pero sabía que no podía
detenerla, hay amores aun de una noche que es mejor no tener…no tomarlos de la
mano porque inminentemente se marcharán en cualquier amanecer, en cualquier
atardecer y ante cualquier oportunidad, son fugaces como los cometas e
indescifrables como el aroma de un perfume y entender es inútil como aplicar
las matemáticas…que extraño, su partida aun sin decir adiós le significó un
hueco en el estómago, supuso que era por ser un volveré y no un adiós. Se
fue…como se van las noches de fin de semana, en un traspié con unas copas de
vino parado frente al balcón de la vida…se juró no pensar más en ello, al final
y al cabo decidió viajar solo largándose por las carreteras...pero no podía,
cuando el atardecer llegó y luego se sobrevino la noche, el seguía con la duda
de si había hecho algo malo pero llegó a una conclusión…las personas se van
porque sus razones rebasan sus razones de quedarse, no es ni malo ni bueno, es
una decisión, un momento, un vaivén…entonces sonrió, larga ducha, largo
desayuno, larga lectura…para al filo del atardecer…recorrer el camino de
vuelta….se puso los lentes y se alegró que ella olvidase la música, subió el
volumen y escapó…sin percatarse que enfrente de él al fondo detrás de un árbol
protegida con un sombrero blanco y gafas oscuras ella seguía con la mirada su
partida. Ella borró su número sabiendo que la historia de esas noches se
perdería en el anonimato de los amores inconclusos, aunque aún debatía contra
su propio corazón si eso podría llamarse amor, si las llamas del fuego de una
pasión y unas caricias bañados con esas sonrisas se llamase como tal…quizás la
palabra sea mal utilizada o tenga otro significado…el acuerdo se había roto sin
firmas, solo con una partida. Ella volvió recorriendo el camino de nuevo a
cuenta gotas, se dio cuenta que aún conservaba un vino y un par de libros,
olvidó la música pero su mente podría siempre recordarla…él cantaba gritando al
viento de la carretera mientras se bebía el vino que ella le había ofrecido
había comprendido y ahora sentía una unión con ella que aun rota permanecía y
era la de ser quien uno es…y compartir sin perder lo que uno es. Y así volvió a
su lugar con otro rostro, limpió su lugar de trabajo, arrojó lo innecesario al
cesto de la basura y se alimentó de los atardeceres mientras sonreía a la
historia que estuviera por venir. El Poeta estaba leyendo su tercer poema de la
noche…cuando él se sentó en las últimas filas y garabateó unas palabras en una
hoja y la dobló solicitando que esta se pasase hacia el frente rumbo a la
tercer butaca de la tercer fila…el recado fue pasando de mano en mano como en
antaño hasta llegar a ella…la expectativa ya estaba en la mente de todos los
que acompañaron el trayecto, el Poeta se percató de ello y solicitó el recado
antes de que ella lo tomará, subió de nuevo al micrófono y lo leyó: “porque
todo sería más fácil si te quedases, y dejases que te cuide durante las noches
y te acompañe durante los días” Felicidades dijo el Poeta, una por usar mi
frase a lo que todos sonrieron y dos porque Ella ya dijo que sí con la lluvia
de sus ojos…un aplauso y así esos dos enfermos se curarían con sus propios
remedios tomados de la mano por las calles del Mundo de Morfeo.”