“De entre las entrañas de la ciudad se hacen los charcos en las calles, desde las entrañas del cielo se hace esta lluvia que cae incesantemente sobre las casas, mojando los árboles e iluminando el cielo con sus relámpagos. Agua que hace que los hombres se oculten en sus casas, bajo un paraguas o con un cartón encima de sus cabezas corriendo para llegar a su destino. Y otros se refugian en el bullicio de los bares, sentados en la barra escuchando al grupo que no deja de entonar esos clásicos que hacen soñar y palidecer a más de uno. Unos cantan, otros solo escuchan. Y solo unos permanecen callados saboreando la copa de licor que corroe su ser. Amantes de la noche, sedientos de placer y ávidos de emoción. Esa necesidad de sangre que nos vuelve animales en celo. Suspirando endeblemente por unos besos que cambien la noche, que olviden la lluvia y recuerden la ilusión de vuelta a nuestros corazones perdidos en el mundo que juega con nosotros y nosotros con el. Nos volvemos vanidosos y eso quizás nos aleja de aquello que satisfaga nuestro ser. Ese cuchicheo en los bares después de cada canción, de cada trago. Ese beso en la mejilla, esa callada mirada que te resuelve todo en silencio. Almas arbitrarias con el libre albedrío de ser quien queremos y estar con quien queremos. Así salí de ahí, dejando las poesías, los locos andares, y sobre todo la búsqueda del amor. Las fauces de esta noche lluviosa me habían dejado varado en los brazos del sexo opuesto, me habían dejado mojado en los solitarios rincones de la pasión. Enredado como una serpiente entre los brazos de ella. Comiendo de su mano, acariciándole su cuello. Sin importar quien nos viera convirtiéndonos en exhibicionistas irreverentes. Los autos pasaban y sus luces se fijaban en nosotros, podía sentir como se clavaban sus ojos pensando quien sabe que. Sentía como tiraba estos meses por el precipicio y no me importaba. Como estaba siendo participe de algo salvaje y erótico. Un par de perturbadas almas. Un par de sueños corrompidos, un par de almas solitarias acompañándose para enfrentar la lluvia y sus ocultos ojos. Acompañándose para sentir los cuerpos mojados no solo de lluvia sino de besos que se marcaban en ellos. Me alimentaba de lo más sublime que es el sabor de una dama, del sexo opuesto, de su persona. De lo ilógico que se había hecho la noche, del jadeo incesante de la pasión atribulada que caía poseyendo a nuestras almas. Sin sabanas, sin ocultarnos bajo un techo, dejando a la Luna como simple espectadora. Terrible desencanto, regocijándome de romper el suelo que piso y las espinas de las flores que caen en gotas de lluvia, de sudor frío que recorre la espalda aún en los caminos del desglose emocional de mis sentimientos, de mis avocados principios, de los locos eventos que parecen no tener fin. Desgarrándome de mis ropas al llegar a casa, lavándome la cara una y otra vez, viendo mi rostro en el espejo. Reflejando como pocas veces lo que no se podía decir, lo que yacía oculto bajo mí mascara, bajo frases y gritos de vivencia. No supe que decir, no supe que gritar, pero sonreí. Sonreí entre dientes, asomando lentamente ese lado oscuro del ser humano, ese frenesí que rompe tu paradigma, que supera tus expectativas, que te acerca más a tu búsqueda inconclusa de todos los días. Que deja las escasas gotas que todavía caen del cielo sonar en tu oído aun dormido. Desde las entrañas de la ciudad todavía se escucha el latido del corazón y las huellas de sangre bebida”
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