jueves, 16 de agosto de 2012

Bajo la Lluvia


“La luna blanca se asoma con su sonrisa pretenciosa, Los sueños son parte de nuestro dormitar, paisajes de nuestro subconsciente que solo entiende de recuerdos, de mezcla de lo que no paso, de lo que paso, alterando el orden de las ideas y revolcando nuestra creencia en lo que hacemos en el diario de nuestro existir. Se considera una amante de los sueños, ahí, ataviada en su pijama morada se escucha su respiración en la solitaria habitación acompañada por el sonido del aire acondicionado que logran una parsimonia que se antoja acurrucársele por un lado para entender como en un mundo en el que reina el fuego se puede alcanzar el sueño de manera tan tranquila. Pero aceptémoslo, los factores que rodean al sueño son bastantes: cansancio, depresión, oscuridad, gusto, fatiga crónica, unos brazos que enamoren, enfermedades, etc. No entendemos su postura, pero si somos estudiosos del dormir y sus formas de acostarse en su cama, notaremos que su posición cual feto en el vientre es definida como aquella que protege el corazón evitando enamorarse o perder el control cayéndose presa de sentimientos que hoy no deberían existir. Y hoy en medio de la noche el resplandecer en su ventana le borra en un instante aquello que soñaba, otra vez presa de una alucinación se dice a sí misma e intenta volver a su cama cerrando sus ojos y así, recuperar ese sueño que le hacía sonreír, sin embargo, se estrella contra la pared en blanco una y otra vez su mente ha divagado por las calles y pasillos de una memoria que guarda todo y nada, percatándose de que ella se apodera el insomnio termina por recargarse en la cabecera de su cama y comienza con ejercicios de relajación para conciliar el sueño sin encontrar cura a su mal. Con sus pantuflas desciende por las escaleras hacia la cocina y en eso, la luz se les escapa con el siguiente resplandecer del cielo, con la grosería saliendo de sus labios tantea las paredes buscando guiarse y encontrar esa vela regalada por su madre esperando que aun funcione y que esos cerillos olvidados hayan vencido la humedad. La vela apenas ilumina dos pasos adelante pero servirá, obligada por las circunstancias abre la ventana y aprecia el cielo, desde arriba se ciernen nubes grises y relámpagos estruendosos que rompen con la monotonía de todos, ¿expectativas de lluvia? Ninguna, apenas en la tarde era totalmente soleado pero la noche siempre nos tiene sorpresas, y al parecer hoy se nos vendría una más. Con su pijama y sus pantuflas bien calzadas alimentaba su mente lo que de niña realizaba al fragor de una lluvia como esta que se asomaba desafiante cual si querubines del cielo estuviesen siendo regañados por Dios, ahora que había crecido y se dedicaba a tantas actividades quizás había olvidado lo más sencillo, experimentar, alimentar el alma no de sueños sino de actividades que los sueños envidiarían y así, en medio de ese presagio de lluvia se sonrío consigo misma, justo cuando la lluvia comenzó a caer sin piedad en la tierra, bañando las casas, caminando por las calles y llevándose hasta la luz, pensó en que se echarían a perder cosas en el refrigerador, a remover las conexiones de los aparatos electrónicos, en eso divisó en la acera de enfrente un caminante andando a su antojo con vestimenta desgarbada y sus cabellos cruzándose por su rostro humedecido de tanta agua, ¿Quién era? Arriesgado a divertirse bajo el agua, se deslizo sobre la calle sobre un cartoncillo, un surfista aficionado, cubriéndose con la mano el rostro y viendo a lo lejos como ella le perseguía con su mirada, le invitó a salir, ella aun dudando apunto a su pecho preguntando si era a ella a quien se dirigía y el asintió, dudo un instante, dos, tres, y se decidió cuando él le describió el sentir de la lluvia. La vela se apagó y en el umbral de su hogar con tanta lluvia que apenas se percibía le extendió su mano y ella la tomó con un profundo suspiro sintiendo el agua fría calarle los huesos, alimentarle el cuerpo, sentirse por un momento viva en una actitud infantil que solo recuerda que no se debe perder la emoción de hacer cosas por deseo y no por decreto. Juntos recorriendo el vecindario, desafiaron a la lluvia haciéndose parte de ella, se deslizaban por las aguas que recorrían calles, parques y edificios, el centro de la ciudad estaba totalmente inundado y decenas de autos con sus motores detenidos…parecía el caos, sin embargo, las madrugadas siempre son más solitarias que las mañanas porque aun a miles de años de la llegada del hombre, sombría es la noche y se debe respetar a la oscuridad, de ello ellos no temen. Gozan, se ríen, revitalizan su cuerpo bañado por esta agua que el Cielo ha enviado rompiendo con todo a su alrededor…el parque se yergue con sus grandes áreas verdes, sus juegos mecánicos, su fuente de soda ahora abandonada, el pasto húmedo permite que se deslicen en una carrera hacia abajo. Aquí no se hablan, parecen más dos mimos entendiéndose solo con señas y la mirada en sus ojos, con la sonrisa y la naturaleza de fondo, la vida sucede en los detalles, no en lo material. La vida ocurre con el alimento del alma, no con el dinero ahorrado.  La vida es en el hoy, no mañana o pasado. Con los pies sintiendo el camino del rio hecho por la lluvia sin atisbo de luna, sin hora alguna, los dos se ensucian los pies y se sientan en los columpios del parque, desaparecidos en un mundo donde cualquiera te encuentra, ahí se mecían mientras sus pies chocaban en el charco dejando que todo se fuera por la borda, se carcajeaban de su actitud, de la vida, del agua, de los relámpagos iluminando el cielo. Ahí absortos al final se contaron su historia, sin nombres, sin lugares de origen, sin llamadas a la razón, percibiendo que importa más el que se siente que por qué se siente, que importa más la conversación espontanea que lo programado. Podría ser que Ahí en ese parque donde habían terminado después de recorrer la ciudad cual niños perdidos y desobligados, totalmente mojados y a punto del resfriado, se contaron anécdotas de lluvia. Recuerdos que hacían palpitar el corazón, enseñanzas que lagrimas similares a este diluvio nos habían dejado y solo habrían de irse con el paso adelante, con cicatrices pero no con sangre guardada. La vida bajo la lluvia es más nostálgica, trágica, y absorbe nuestras energías al menos en esta tierra húmeda y calurosa, sin embargo, fuera de todos los paraguas, los impermeables, los ocultos en los restaurantes o bajo los cafés, siempre existen personas que sonríen por ahí, deambulando alimentándose del agua, de convertirse en niños en un mundo de adultos, bajo esos columpios y con la vida en sus manos o en las del mundo, ha empezado a salir el sol acompañado de ese arcoíris que la naturaleza nos manda para decirnos que nuestros problemas y dudas se empequeñecen cuando se le escucha al corazón, caminaron con ese paisaje tras de ellos hasta la cafetería y ahí con el amanecer de fondo, pintaron sus almas confusas y melancólicas en un paisaje que se asemeja pletórico y nada común, dibujando cual novatos admiradores de Picasso”

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