“Una estrella fugaz recorría el universo, tan cercano como
solo nos toca verlo, sin tener que recorrer el espacio, eso es para los
astronautas. Ahí mientras el Astro se desplazaba por el firmamento que a la
Tierra toca, su estela dejaba recuerdos de su paso, bajo ella, el juguetero
tendido boca arriba con la mirada hacia el cielo se ilusionaba y reemplaza la
melancolía con ese instante donde el destino puede robarte una sonrisa, el
techo de su juguetería se convertía en su espacio único y delimitado para
apreciar el cielo, de vez en vez subía por el árbol que conectaba su casa con
la siguiente, cada vez le costaba mas subir pero siempre parecía lo necesario
en noches como la de hoy, donde en un arrebato de melancolía que le corrompía
el cuerpo, su tristeza se asomaba cual lobo en días de cacería llevando su
animo al limbo de los sentimientos o mejor dicho, de esas emociones que surgen
del fondo de nuestro interior de vez en vez, para recordarnos cuan frágiles
somos. ¿Cómo fue que la melancolía irrumpió en su vida? ¿De donde provino? ¿Por
qué va y viene cual corriente de río, cual vaivén de autos en un puente?. Se
pregunta con sus manos entrelazadas detrás de su cabeza. Ojos llorosos nublan
la vista al Juguetero que cual Pagliacci se siente en el techo de su juguetería mientras debajo de este, se llena
de risas y sonrisas de cientos de niños que recorren sus pasillos en búsqueda
del juguete ideal, aquel objeto de culto que habrá de sostener el animo del
chiquillo o de la niña que le ha elegido, porque de acuerdo al pensamiento del
juguetero hoy con sentir insaboro y desangelado, el juguete elige al niño o la
niña, le llama, le retroalimenta su sonrisa tal como lo hace un amigo. Recordó
ese cosquilleo en sus manos al abrir la juguetería unos años atrás, con la
maleta cargada de sueños y un pasado atiborrado de ilusiones, adecuó de
inmediato aquel lugar justo frente al parque, otorgaría luz en aquella ciudad
oscura cuyas lluvias buena parte del otoño adornan, en esos edificios grises
pintaría de color la vieja casa convertida en juguetería. El sueño de Dios, la
realidad se vendería en sonrisas y carcajadas. Una noche se refugió de la
lluvia en el árbol contiguo a la vieja casa, y empezó a treparlo sin querer
hasta que descubrió como este con sus ramas se colindaba al techo y pudo subir
sin dificultad alguna, encontró el lugar ideal para ocultarse de sus demonios y
relajarse cuando la razón o el corazón se bloquearán alejándolo de su propi
ser. El negocio prosperó de inmediato, sin mucha publicidad salvo sus
creaciones, muñecos de teatro guiñol, trenes, muñecas sonrientes, modelos
artesanales y sobre todo, esos martes convertidos en lecturas repletas de reyes
y reinas, de dragones y caballeros, de astronautas y mundos espaciales, con
gran oratoria sabía darle matiz a cualquier cuento que ahí se leía, una
biblioteca de historias en un complejo de juguetes. Incluso grandes personajes
citadinos se daban cita con sus hijos para elegir en medio de coloridos globos
y esperanzados ojos en una tierra gris, incluso tenía un apartado para artes
plásticas donde se enseñaba a los niños a realizar máscaras y manualidades Todo
era un estado de perfección que perduro por años, y así, el negocio prospero.
La lágrima continúa el camino del juguetero por sus mejillas oscurecidas por la
noche y fría debido al clima, sus brazos entumecidos no le permiten sino
continuar su admiración del cielo confundido entre la melancolía y la estrella
fugaz que había de decirle en su alma entristecida que aún en la noche mas
triste se puede sonreír, que aun en los días mas largos, un momento puede
llevárselo todo en un segundo. ¿Por qué caía en esa melancolía con mayor
frecuencia? ¿Estaba perdiendo el toque? Si bien es cierto, las ventas habían
bajado y los cuentos de martes fueron pospuestos por falta de personal, y si,
parecía que a la ciudad se le había olvidado que su mayor tesoro son sus niños
y sus ojos agrandados por la felicidad que causa un juguete y su imaginación, o
él olvido como expandirse a otros horizontes o ellos habían hallado una mejor
manera de divertirse. Escucha la bocina del recreo anunciar que se cerrará en
unos minutos, baja a cuenta gotas por el árbol, cada día batalla un poco mas,
limpiándose los ojos y buscando en su ser la sonrisa para enfrentar a quien
este en el lugar. Se adentra entre los pasillos hasta llegar a su
taller-escritorio en la parte lateral de la misma, la recepcionista le dice que
cerrará y el le da las gracias, en la soledad de su trabajo, busca el café
oscuro como la noche, hace sonar la música que sale de las entrañas del lugar,
solo cuando se encuentra el a solas se permite música diferente a su niñez, se
recarga en su silla color café ya maltratada por los años cierra sus ojos
intentando encontrar cierta creatividad para continuar su travesía que impulse
un nuevo modelo, dentro de su mente un sonido lo martillea interrumpiendo el
sonido de la música y su camino al subconsciente, ¿a esta hora? Se calza de
nuevo los zapatos y camina rumbo a la puerta, sin preocuparse por la alarma,
sino por el toque de la puerta que parece reconocer, y estupefacto se queda ahí
suspendido en el tiempo antes de finalmente abrir abruptamente, ¿Eres tú? A lo
que ella contesto, ¿no me invitas a pasar? Claro que si, discúlpame y así, en
un instante, todo el pasado, todo el presente, todo el mañana se trastabillo
por esa delicada sonrisa que brillaba aún en la tenue luz que los alumbraba. En
sus brazos, una niña de 6 años dormía profundamente, a lo que ella le contesto
a su mirada, es mi sobrina. El juguetero tomó a la niña hasta uno de los
colchones inflables atiborrados de muñecas y figuras de acción, ahí la recostó
y le tapo con una cobija que trajo de arriba. Sirvió dos cafés cargados en
silencio, bajo el sonido a la música y llevo dos pequeñas sillas frente al
colchón donde la niña dormitaba y se la ofreció. Sentados frente a frente en
diminutas sillas y con una mesa que los separaba, con cientos de muñecas y
monos de ojos grandes alrededor, ellos se contemplaban. Una sonrisa nerviosa
les salía a ambos mientras escuchaban los ligeros ronquidos provenientes de la
chiquilla y deseosos de iniciar conversación, trastabillaron a la hora de
iniciar pero finalmente ella lo hizo:
-
Tantos
años y aún sonríes como un niño extraviado, apuesto a que aún resuelves
crucigramas y ves televisión solo los lunes.
-
Uno
nunca deja aquello que lo hace feliz, porque si no, se convierte en sombra de
lo que fue. ¿Qué hay de ti? Me preocupé al verte, me sorprendí, aún no se que
decirte, pero mi imaginación vuela sobre las lunas del universo.
-
Mi
vida no resultó como pensé. Me alejé de mis sueños y me encontré con mis
pesadillas.
-
Ninguna
vida es lo que deseamos porque influye nuestro entorno y nuestro corazón cambia
de parecer. Lo que importa es lo que sentimos, lo que somos.
-
Si,
verdad. Realmente siempre tuviste palabras de aliento para mí, volví hace dos
años, solo que no quería enfrentarme a tus ojos, saber que cuando me fui,
llevaba la maleta llena y hoy viene vacía.
-
Nos
hacemos mas sabios con el tiempo, aprendemos de ciertos errores y todo es un marco
de experiencia en nuestro existir. Lo que mas recuerdo de ti, no es tu partida
o el que te hayas ido sin decir mucho, lo que recuerdo de ti es tu andar por la
juguetería, el sonido de tu sonrisa que retumbaba en el lugar, y si el tiempo
nos hace mas sabios, pero eso no me ha impedido sonreír aun en días tristes.
-
Suenas
diferente, parece que en ti el tiempo y los años han pesado, aun no se que hago
aquí, pero se que debo estar aquí, ¿aun subes al techo?
-
Jajá.
Claro que sueno diferente, han pasado 5 años, ¿Qué esperabas? Que te sonriera,
abrazará, comiera de tus labios y te dijera cuanto te he extrañado. Tienes
razón el tiempo, me ha hecho más renuente, pero no más tonto. Ven, acompáñame
-
¿Adonde?
No puedo dejar a mi sobrina aquí.
-
No
la dejaremos sola, tiene todo lo que los niños sueñan. Una cama para dormir,
muñecas para jugar y sobre todo, donde correr sin que nadie le diga detente.
-
Tus
ojos comienzan a brillar.
-
Es
por que he recordado aquello que siempre me hizo sonreír. Y cobraré mis deudas.
El juguetero, la guió a través de una escalera de
caracol oculta tras la puerta de un aparente armario, el silencio de sus pasos
era lo único que se escuchaba al subir, llegaron a la azotea por una puerta que
ella jamás había visto, el le explico que cuando le dolía mucho los huesos la
utilizaba en lugar del árbol. La escalera los llevó al techo, y ahí, con el
silencio de la noche en la ciudad arrebatada de colores por el gris insensible,
el juguetero le dijo como había funcionado el mundo durante su ausencia, donde se
habían ido los colores y el porque del silencio de esta ciudad, los niños
habían olvidado como ser felices o mejor dicho, los juguetes habían cambiado,
sin embargo, le contó, siempre existe una esperanza para aquellos cuyos
corazones sonríen aun en la oscuridad y la sonrisa debe ser siempre moda al
igual que la carcajada música para nuestro interior. ¿Me ayudas? Le dijo
mientras arrastraba una caja hacia el medio del techo. La Luna amarilla como el
queso con su conejo expectante era su auditorio, no había más melancolía, solo
un par de ojos que se cruzaban con los otros. De pronto, se escucho unos pasos
y la niña dijo: ¿también puedo ayudar? El juguetero le contesto: no podríamos
empezar sin ti. Arrojo fuegos artificiales al cielo, mientras por el altavoz le
hablaba a los niños de la ciudad, había fiesta en la juguetería, todos estaban
invitados…a lo lejos el cielo iluminado por el destello que proferían los
colores repercutía en esos corazones callados, los niños comenzaron a llegar
con sus padres, con los ojos saltados por los fuegos artificiales, ella y su
sobrina inflaban globos y arrojaban serpentinas, una vez que la multitud
creció, se abrieron de nuevo las puertas del lugar, se repartieron botes de
pintura y los invito a que hijos y padres pintaran juntos la casa como ellos
quisieran, muchos niños subieron por el árbol al techo y desde ahí cantaban con
el altavoz, en ese instante en que unidos sonrientes rompían con los paradigmas
de la oscuridad, bañados por esa magia que irrumpió la juguetería, las muñecas
abrieron los ojos, los monos de peluche comenzaron a cantar y los robots a
prenderse, nadie lo creía si no fuera por sus ojos que lo veían, habían cobrado
vida o siempre la tuvieron. Con los ojos brillosos, las sonrisas y carcajadas
de los niños ilusionados, emocionados repercutían en el ánimo de sus padres que
recordaron que aun al crecer podemos siempre sonreír y de vez en vez retomar
los hábitos que nos hacen felices, aun cuando el trabajo, las presiones y el
mundo nos agobie. El Juguetero aprendió de ella, de su sonrisa, de su
visión de la vida, tomo su mano y le acompaño por los confines del mundo
interior y exterior. Caminaron juntos alimentándose de carcajadas, de
ilusiones, de realidades compartidas, el lugar creció y el negocio volvió a
prosperar, solo que no era el dinero sino la felicidad de hacer aquello que te
hace sonreír. Todas las noches de jueves se recuestan sobre el techo adornado
de luces de colores y de murales en el suelo, degustando el amor cual si fueran
chocolates mientras en el cielo, de vez en vez fugaces estrellas recorren el
firmamento mientras la Luna les sonríe.”
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