“Un escritorio maltratado por los años de color caoba perdido
en los anales del tiempo, acompañado de una capa de polvo que se adhiere a el
como las arañas a su tejido. Encima de este, yace una vieja maquina de escribir
añeja que ni sus teclas se alcanzan a notar por la falta de uso puesto que las
portátiles has llegado para quedarse y les han arrebatado el don de la
escritura, una lámpara cuyo foco ahorrador rompe con la tradición de cualquier
vela ahuyenta a la oscuridad todas esas noches alimentadas por el
insomnio…botellas vacías y comida fría le adornan, parece la mesa de un
vagabundo o de un perdido en los vicios del trabajo, sin embargo, este
escritorio es una extensión de la vida de quien le utiliza…caótico, mal
alimentado, sucio, vacío, pero iluminado porque con la oscuridad de la mente
basta, aun no tiene titulo, pero es una historia que será escrita, porque hay
historias que deben contarse. Afuera en ese frío incipiente yace el diciembre,
mes adorado por grandes y pequeños en búsqueda de romper todo lo malo del año,
sus caídas, sus días trabajando hasta tarde, las derrotas y el recuento de
dulces victorias en todos los sentidos de nuestra vida, y el, el dueño de este
escritorio polvoriento en el balcón rehusándose a tomar su lugar, mas bien,
esta alejando su corazón de aquello que quiere contar, esta enfrascado en su
botella y esa mirada que la Luna le regresa cada que bebe un trago, le sonríe
el también, al final siempre le acompaña a todos lados, vale estar mejor con
ella, que es parte de tu andar. El famoso escritor se refugia en aspirar ese
puro maltrecho que con su fuego rojo como la sangre se yergue en la oscuridad,
esta perdido de nuevo, no sale desde hace un mes y no pretende salir en otro mas,
se abraza de su cansancio mental, de su rodilla adolorida, de la decena de
libros famosos escritos y se debate con su yo interno para no sentarse en el
escritorio, y su silla catapultándolo a la distorsión. No!, se grita, sin
embargo, ese embriagante deseo de contar una historia le traiciona y lo
encamina arrojando con coraje el puro y vaciándose la botella entre la boca y
el cuello creando ese torrente que empapa su camisa color oscura. Solo una vez
mas, se dice, toma sus anteojos encendiendo ese aparato que se proclama
extensión de su pluma y su maquina de escribir, de su corazón ávido de nuevas
visiones efímeras y eternas. Su mente ha empezado a viajar expandiéndose hasta
el corazón cual música favorita y recordando la fecha Teclea:
“Una nevada inusual se ha suscitado, todo amaneció
blanquecino y húmedo, los jardines marchitos por la nieve y los autos se
ocultan bajo sus capas, es pletórico. Amantes del Platonismo dirían que sería
un día ideal para disfrutar de lo que realmente importa en la vida, el amor.
Claro por que no, navidad se acerca y del rencor, recordamos poco, del amor,
mucho. De las tristezas, nada. De las posadas, todo. Hoy puede ocurrir
cualquier cosa. La ciudad se subleva y sus edificios adornados con el tono
blanco reciben a las personas con brazos abiertos, es el último día de las
compras. Del closet han salido sombreros, gorros, bufandas y guantes, además más
de uno ha incluido las botas para caminar sin hundirse. En el cuarto rojo, nada
de eso importa, si hay clima inusual o no, el reflejo de una noche de insomnio
mas se ha ceñido sobre su persona, y ahora viaja entre dormido y despierto por
sus fotografías intentando terminar el rollo que ahí tiene, cual experto lleva
el proceso sin miramientos, de hecho se sonríe de pronto al realizarse por
captar momentos imprescindibles de la gente: sus sonrisas, sus bostezos, sus
pasos presurosos en las calles, su comer en las plazas, sus poses, semblanza de
la vida es lo que las fotos nos enseñan, método infalible para recordar,
interpretar, recolectar nuevas anécdotas de momentos, es como vivir del tiempo
y no que el tiempo viva de nosotros. Pronto su exposición estaría lista y así
mismo su obra maestra, aquello que lo tildaría de psicópata o de genio, de
idiota o melancólico, pero que importa. Una vez que has encontrado aquello que
te gusta hacer, lo demás es lo de menos se dice, viene solo, es parte de ti,
fotos van y vienen, rostros desconocidos, familiares enfrascados ahí en un
cuarto rojo hasta mañana. La llamada en el celular lo despierta de su transe,
hay trabajo, no muy contento contesta y espera la ubicación, de pronto una
sonrisa melancólica aparece en su rostro y sale corriendo rumbo a su cuarto. Se
presenta en la locación y empieza a realizar los arreglos, calza bien, viste
bien y su cámara lista para hacerse presente, la mejor toma, y en espera de la
presencia de esa chica que corta su respiración, actúa profesional se dice,
justo cuando ella llega temblando de frío, prácticamente corriendo con sus
ropas de invierno, diciéndose a si misma que solo tomará un momento, todo mundo
empieza a correr, las tomas deben ser a la hora pactada y en la forma prevista,
la nieve no estará para siempre. Ella con timidez se acerca a el, saludándole y
diciéndole que lista esta, el Fotógrafo asintiendo en silencio espera, en un
segundo sus miradas se cruzan pero ninguno dice nada. El Fotógrafo recorre su
cuerpo con el sonido de su cámara, sus ojos, su rostro, la sonrisa encantadora,
su silueta mientras la nieve baña su cuerpo, la dulzura de su mirar y la
sensualidad que exuda su atuendo, tan lejos de mi y tan cerca de su cámara se
dice el, porque nunca sabemos que piensa quien adoramos si no sabemos
expresarle nuestro sentir. A veces es una expresión del cuerpo, una mirada, un
toque de sus manos. Ella lo ve a través, se dice si el pensará en ella habiendo
tantas mujeres en sus fotos, después de tantos años que se conocen, jamás han
compartido un café, solo el trabajo de un par de horas y de vuelta a la
realidad, son un par de extraños conocidos a través de esa cámara fotográficas,
una ilusión sesgada por la realidad y así la sesión terminó y cada quien se fue
por su lado. La explanada de la ciudad, ataviada con sus estatuas góticas
amantes de la oscuridad y un cielo nublado, se montó la exposición bañada por
esas luces amarillentas en forma de lámparas alargadas, acompañada de arboles
frondosos y de amantes de la fotografía. El serio, en su traje de expositor,
escuchaba hablar a los organizadores de su evento. Agradecido con la vida
sonreía, su obra esta completa y esta noche habría de recoger dichos frutos,
recorrió con algunos de ellos las fotos explicando el como, el porque, de donde
provenía y que representaba cada foto, sin embargo, poco a poco los asistentes
se percataron de cómo se repetía ese rostro irrepetible en la exposición…se
aplaudió de tan artística exposición con tintes de humildad, rostros
desconocidos convirtiéndose en estrellas solo por una noche, una violinista
vagaba por conocidos compositores interpretando melodías que alojaban cierta
nostalgia y pasión irrumpiendo por las venas de las decenas de personas. Hubo
brindis, discursos, historias, el fotógrafo intentaba sentirse vivo, feliz,
expresivo pero su rostro arrojaba emociones encontradas, apreciaba sus fotos
como si se viese sus manos o sus apuntes de estudiante, conocía cada facción,
cada sensación y siempre sus pensamientos llevaban hacia el rostro de ella, su
musa motor de su vida que aparecía y desaparecía cual estrella fugaz. Afuera la
nieve conseguía evocar todo tipo de sensaciones, el fotógrafo cerro los ojos
por un instante, agradeció a todos y se enfilo a la puerta de salida en
búsqueda de una bocanada de aire caminando y dejando que su agente se encargué.
Se cubrió el rostro, las manos y sonrió a la noche, si no habría de conseguir
aire al menos se jactaría de sonreír. Sentada en una banca de la explanada
estaba ella, vestía de blanco como la Luna misma, y sonreía como cuando se es
valiente, le señalo su asiento vacío en la banca diciendo:
-
Llegué
a tu exposición me dijeron que habías salido a caminar, que no eras fanático de
las multitudes y de los discursos.
-
No,
no lo soy. Contesto él, desesperado por no saber que decir, sorprendido de que
ella estuviese ahí.
-
Si,
me enteré de tu evento y quise venir a entender ese silencio que no siempre se
interpretar, no dices mucho y tampoco pregunto. Ella se preguntó si había sido
muy abierta.
-
Mi
trabajo lo es casi todo, me ha llevado a lugares que jamás soñé conocer, a
fotografiar diversas sesiones y jamás pensé verte aquí, creo que ninguno de los
dos nos conocemos realmente. Dubitativo el fotógrafo apreciaba el cielo sentado
en esa banca helada y con el corazón rompiéndole la camisa al palpitar. ¿Qué te
pareció la exposición?
-
Muy
buena, todo mundo se me quedo viendo mientras recorría las fotos como si me
reconocieran hasta que me encontré con ese cuadro que me dejo sin habla. ¿Qué
significa? Con el alma en la boca y los labios partidos debido al frío, ella
soñaba con escuchar una respuesta que pusiera fin a esta ironía que a través de
un lente se había gestado.
-
Es
solo mi mejor forma de decirte me gustas, es la mejor forma de hablar sin tener
que explicarle a todo el mundo lo que de ti siento. Con sus manos entumidas del
frío y el temor, el fotógrafo se debatía en su interior al expresar aquello que
mas deseaba y que más temía. Pero Roma no se hizo en un día y el lo ha soltado
ahí, mientras la nieve continúa su andar por la ciudad.
Esa noche se rompió el silencio, se cayeron las mascaras al
suelo, y la cámara se quedo guardada para otro día. El Fotógrafo y su Musa, se
conocieron realmente. Sin un lente de por medio, sin un miedo entre ellos, con
la mirada frente a frente, aquí no habría quien juzgará o hiciera previas
conclusiones, se inició de nuevo o se continuó. Se dice que el Fotógrafo jamás
le fotografió de nuevo y que ella jamás volvió a ser fotografiada con la nieve
cayendo sobre la noche.”
El escritor tosió y asomó un poco de sangre en su pañuelo, maldice
por lo bajo pero sonríe, tenía mucho tiempo sin sentir esa agradable sensación
de sentirse feliz, súbitamente su cansancio le dejo por instantes, dejó la
historia en el correo de su editor, diciéndole que era breve pero real, que si
por ahí aun tenía un espacio, la publicara. Había rechazado escribir desde hace
un tiempo, tomó su puro de nuevo sin importarle el dolor y fumo frente a la
ventana mientras villancicos cantaban. La noche siguiente su teléfono sonó y la
voz del otro lado dijo: hoy visto de blanco, ¿te gustaría retratar a una señora
que aun sonríe al leerte? El escritor dejo caer una lágrima, del viejo
escritorio su estuche fotográfico, por primera vez en un mes y por primera vez
en 10 años salió a reencontrarse con el amor de su vida mientras la Luna blanca
les esperaba en la misma banca”
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