jueves, 3 de marzo de 2016

La Lectora

“Fue un amanecer como ninguno y tan común como tantos en la ciudad, pero desde su vista en aquel edificio se asemejó como una Ola soleada que rompe en la orilla del mar de casas, edificios e iglesias. Siempre le gustaba apreciar el amanecer, sentía que se avecinaba algo magnifico, un paisaje al cual podría acudir cada día y del cual no se aburría. Pero este día en particular la singularidad del amanecer atrajo la tristeza, la nostalgia y un sentimiento desolador que se apoderó de su corazón inundándolo como una corriente de agua desbordada. Y entonces la lágrima que descendió desde su ojo hasta la mejilla le hizo moverse de la ventana y regresar a su mesa donde una silla de tonos rojos le esperaba, pensó en que se le estaba yendo la vida en un sinfín de desafortunados incidentes de los cuales había escapado o más bien por los que se había castigado en el exilio del departamento en el que ahora habitada. Se sentó y se sirvió de nuevo mientras ajustaba la hoja en la vieja máquina de escribir, del ordenador poco se acuerda durante estos meses, había decidido hacer una prueba, vivir ajeno al mundo exterior tanto como quisiera y solo resolver pinceladas de las que no podría deshacerse, por ello, contactó a través de un nombre falso, y un ensayo para convencer al jefe de redacción de apoyarlo con una columna sin paga de manera temporal, así fue el comienzo del Poeta Tuerto. Y así, podría expresar de alguna manera todo lo que le aquejaba al igual que sus pensamientos sin que eso crease una conexión con el mundo del que se había alejado. Sus primeras columnas llamaron la atención, había pedido al diario que si hubiese quien se interesará por intercambiar opiniones lo hicieran a la redacción y solo sería por carta escrita a mano, al principio intuyó que eso sería un problema pero pocas cosas le interesaban, solamente quería mantenerse activo y no vivir de su anterior fama. Al fin y al cabo, era el mismo hombre con otro nombre, pero su subconsciente había encontrado nuevas puertas y alcances donde él hallaba más temas y mejores cosas por decir. Poesía como medicina para el alma, poesía como un bálsamo en una noche triste, poesía como un salvavidas ante la marea alta del mar de la nostalgia, poesía como un amigo en una tarde solitaria.  Un día salió por la comida de la semana, su barba lentes oscuros y cachucha sucia lo hacían pasar por alguien más aunque no desapercibido tenía que admitir…hizo las compras necesarias y se dio algunos gustos y con paso cansino se dirigió de nuevo al departamento, frente a la puerta estaba una pequeña caja. Sabía de donde venía pero aun así volteó a todos lados, abrió, primero ordenó las compras, bebió dos cervezas mientras leía por un buen rato hasta que se decidió por abrir la caja. La letra era de su contacto en el periódico: “Le felicitó, han llegado cartas para usted, ponga la caja de nuevo afuera y nos la llevaremos a la brevedad, saludos” no es que fuese un código de guerra, honor, amistoso, donde nadie pudiese saber más, pero cuando se une uno a la alfombra roja de la fama, pocas cosas quedan como privadas. Entre todas las que leyó y algunas que contestó fue una la que llamó totalmente su atención, el sobre era de un color verde fuerte, de letras grandes y de una caligrafía que le encantó al instante, además lo mejor para él fue que se hizo llamar por una Autora que él había leído muchos años y le evocó una sonrisa que hacía meses no obtenía. Abrió un poco la ventana, dejando ir el aroma a encerrado y ahí recargado la leyó. Le pareció interesante su forma de expresarse y de entender sus columnas, pero sobre todo la breve descripción de sus autores favoritos más la forma de dirigirse a él con un tono de usted como se hacía antes y desafiando el concepto de hacerle llegar la contestación mediante la carta. Acercó la carta a su nariz olfateando un perfume apenas perceptible pero del cual no podría olvidarse jamás, solo de imaginarle escribiéndole a él, sonrió por primera vez en mucho tiempo y le escribió de vuelta. En la siguiente columna que se publicó en el periódico se incluía una estrofa de un poema, una prueba del Poeta Tuerto para sus seguidores, pero mediante el código de honor, no sería por internet, habrían de enviar la hoja del libro de donde este había salido, no había premio alguno salvo saber que se habría alcanzado la meta. La estrofa decía: “Pobres de esos dos amantes cuyo amor se les irá como la arena entre las manos, dejándoles solo las heridas de lo que no fue”. La semana le fue a su vez muy larga y muy corta…larga en el sentido que esperaba por las cartas de sus seguidores y de ella en particular, y corta, porque pasaba más tiempo en la máquina de escribir embelesado por la música y el sonido que las teclas hacían al plasmarse en el papel como una canción favorita aparece en el momento que la deseas más. Apuró un trago dejando caer otro tras otro en el estómago y continuó leyendo, oyendo las letras y dejándose llevar hasta que escuchó los cuatro toques en la puerta. Esperó por unos minutos y entonces salió, la caja había crecido un poco como un árbol en la banqueta de la calle. Esta vez leyó las cartas como un profesor, algunos habían atinado, algunos no, en todos ellos que respondieron correctamente aparecía la hoja del libro agregado, a los que no, les dijo donde podían hallarlo. Pero se percató que debajo de las cartas, había una caja pequeña…al abrirla se encontró con una versión del libro del autor del poema, era una edición del bolsillo, una hoja atravesaba el libro justo donde el poema había sido escrito. Otra vez de nuevo el aroma, otra de nuevo la imaginación cruzando su mente que antes había sido obstruida y hoy de nuevo experimentaba ese ímpetu de realizar poesía, escritura, columna…y entonces en la nota, había una prueba para él. Habría de llevar su columna a la gente, aquella que no leía comúnmente cuya suscripción al periódico no existía y él debía ir al kiosco de la ciudad a las 6 de la tarde para llevar la poesía o los párrafos de la prosa. ¿Yo? Dijo él ante la carta, como se atreve a ponerme tal reto, El Poeta Tuerto, tenía ya casi cuatro meses recluido. Su aspecto desaliñado, sus ojos habían perdido la costumbre de ver a la gente a la cara, de platicar en persona y sobretodo, la tarea de enfrentarse a un público del que había huido con el corazón roto, desangrado e inerte debido al pasado… ¿Cómo reiniciar? Pero el reto ahí estaba y ella había cumplido el suyo a través de su columna, así que le contestó…incluyéndole la siguiente frase: “Seremos esos dos locos intentando ser lo que no son, para alcanzar a ser lo que somos y así, continuar navegando por el río de la vida”. Descubrió que podría enviar a una persona en su lugar, al final, leer siempre es sencillo si se habla simple sin palabras rebuscadas, sin embargo, se percató de un hecho, la columna fue realizada mediante un ejercicio de no ser justamente él, de vivir como otra persona, de no ser presa del internet y las nuevas modas, de polvo y olvido mediante un seudónimo, un escape, uno no ser para ser lo que fuese, y así soltar todo ese fuego de su corazón mediante palabras que quemasen las hojas y poder sanar cual fénix en su nido. Aceptó el reto y a cambio le envió a ella otro libro, con una nota adjunta. También él sabía jugar. Días después, la fecha se había cumplido…justo ahí en el kiosco de la ciudad…la tarde se cernía con su gran sol y sus nubes como espectáculo en el cielo, pero había un AS sobre la manga del escritor…a las 6pm se levantó el telón, la gente comenzó a congregarse y él se preguntó si ella estaría presente… ¿Cómo reconocerla? Dos mimos aparecieron en el escenario, tras ellos la estructura de una ciudad les acompañaba, ambos levantaron un anuncio con el título de la obra, si es posible llamarle así, decenas de personas se congregaron cuando el mimo se paró frente al micrófono sombrero y lentes de sol…y anunció la obra…se escuchó una voz intensa, fuerte, parecida a los que anunciantes de concursos de televisión. Detrás de la estructura de la casa, él se hallaba, oculto, se le ocurrió que mejor esos dos mimos para contar una historia que hallarse con un ermitaño harto de las personas y la fama con el corazón roto les contase sentado frente a un micrófono, él habría de ofrecer entretenimiento y así darle una sorpresa a la lectora que le había desafiado. Los mimos inflaron dos grandes globos amarillos que parecían bombas explosivas sacadas de una caricatura y las reventaron mientras confeti caía sobre los espectadores. Entonces inició su relato, niños y adultos se fueron acercando al kiosco para escuchar así la voz gruesa y cambiante como las de los cuentos de televisión mientras los mimos actuaban para ellos…la obra fue tomando fuerza y adeptos, los aplausos aparecían y las sonrisas también así como el grito ahogado cuando el suspenso tomaba la escena. Él desde lo oculto con los ojos escrudiñando el público se olvidó de la lectora, más bien de lo que buscaba y se enfocó en su historia, le gustaba el toque de los mimos, siempre talentosos, divertidos, extraños en su expresión, con la incongruencia de siempre decir algo sin poder abrir la boca. Al final, irrumpieron los aplausos y de nuevo los mimos inflaron esta vez, más globos que fueron rompiéndose para bañar de confeti a los espectadores, cerró con una frase: “Le escribía como se le escribe a la vida…viviendo, siendo, estando, besando…sin temor a enamorarse y caer al abismo de los sentimientos” se ajustó los lentes, el sombrero y se marchó de ahí entre la multitud, le gustó para incluirlo en su columna, se sintió como ganar una partida de domino o saciarse de unos besos que antes se le habían negado…pero antes de recluirse en su edificio de hierro, compró un café y un bocadillo en su lugar preferido, de las cosas que extrañaba era una de las cosa importantes. Sin quitarse los lentes ni el sombrero, nadie le conocía, el lugar era tranquilo, no muy comercial, pero siempre lleno de personajes interesantes además la música era justa para la ocasión. Cerró los ojos un instante mientras daba un sorbo al café y sentía la guitarra en el pecho cuando alguien se sentó frente a él al momento que le hizo una reverencia con la cabeza. Decir que era bella, era poco, decir que le cortó la respiración como un atardecer en la playa, era aún más poco, era un sueño vestido de verde largo hasta las rodillas y de una flor en el cabello, alcanzó a ver el tatuaje en su muñeca. Le palpitó el corazón mientras le decía con la mano que se sentase, entonces ella dijo: ¿Sabe quién soy? Él replicó, ¿Sabe usted quién soy? Ambos deseaban que alguno de los dos lo dijera primero, para no verse aventurados, exponerse a lastimarse por querer, pero ambos sabían quiénes eran…y solo prolongaban las razones por las que los dos se veían a los ojos como si viesen el paisaje más hermoso. ¿Así que es Usted la de las cartas verdes? Si, y Usted es el Poeta Tuerto, o prefiere que lo llame por su nombre original, el que dejo quien sabe porque. Déjeme decirle algo, le dijo él, mientras estiraba un poco su mano para rozar las de ella procurando que la conexión no se perdiese…Usted me buscó y Yo deseaba que me encontrará para saber si lo que imaginé era lo que vería en este mundo real donde a menudo nos decepcionamos porque créamelo, siempre generamos expectativas y debo admitir que es usted más hermosa de lo que creí y que no quisiera se fuera a ningún lado salvo que continuemos caminando, conociéndonos y encontrándonos para no perdernos, si a usted le parece tal singular petición. Entonces Ella le sonrió, como los niños sonríen ante un regalo, los abuelos ante un abrazo de sus nietos o los amores cuando se encuentran…por las inmensas calles de la ciudad, caminaron sin dejar de sonreírse mutuamente. Ambos querían apoderarse del otro, y seguir siendo ellos mismos, pero en el amor las guerras siempre tienen dos perdedores. Se aceptaron como la lluvia al sol y como el sol a la luna, como una unión poco común que solo el amor une y el amor deshace…jamás se dijeron sus nombres para que, a veces los recuerdos del pasado nos evita disfrutar la felicidad del presente. La columna continuó, los retos se multiplicaron para los lectores y la caja continuó creciendo en la puerta del Poeta Tuerto, solo que el aroma de la carta verde ya no estaba afuera sino en cada rincón de ese departamento donde los amaneceres siempre ofrecían un nuevo inicio. Los mimos seguían en el Kiosco del Mundo de Morfeo continuando la historia de dos que se hallaron para no perderse y seguirse encontrando en los labios de uno con el otro.” 

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