miércoles, 8 de febrero de 2017

El Templo Sagrado

“Aún no sé cómo empezar, si hablar de la lluvia que se precipita sobre la ciudad, si de las luces rojas que adornan esta peligrosa calle, o de las risas que vienen de aquella esquina donde las tragedias abundan, si de ese niño que persigue en las páginas de un libro a su héroe. Pero como las palabras se han ido y las frases rimbombantes no las tengo porque en algún lado las olvide, quizás en la memoria o tal vez, en ese cajón donde se van todo lo que no sabemos cómo decir, entonces lo empezare como me salga…solo te diré que como en toda historia…es sobre un sueño…de un hombre sin nombre, de unos ojos negros como la noche y de una sonrisa siempre melancólica. Había dormido bien pero intranquilo, sin pesadillas, sin sueños, solo en la nada de su palacio de memoria, repasando una y otra vez la estrategia a seguir, y como llegar a la meta. El desayuno era fuerte pero nutritivo, jugaba con su hijo y escuchaba como el ajeno a su trabajo pero siempre presente en la historia de este…se acercó a él, y le abrazaba fuerte como un oso, como cuando no se quiere ir a ningún lado o cuando quiere que ese abrazo signifique algo que no puede decir con palabras, besó a su esposa y con maleta se despidió de ellos…al subirse al auto, el hijo fue acercándose corriendo diciéndole, ¡Feliz Viaje Papá! Y Él sonrió mientras la lágrima atravesaba su mejilla como una herida a punto de sangrar. El paseo fue corto pero lento debido a esos pensamientos y esas emociones fuertes…para estos viajes y estos sentires siempre los había hecho en solitario, tratando de conectarse con su yo interior, con su visión de la vida, sus anhelos y los recuerdos que le acompañaban, lo repasaba todo incluso como era ese largo pasillo a través de las luces…como desatar la furia con la mente tranquila, como ser él y no dejar de ser el otro…como ser un huracán y matar silenciosamente como un cuchillo afilado. Durante el trayecto, cuando los semáforos se ponían en rojo, veía las estrellas, tan lejanas y tan llamativas para el hombre…brillantes, estoicas y siempre bellas…recordó cuando caminaba por las calles después de salir del gimnasio y de las horas de entrenamiento y se recostaba en cualquier parque o área verde para verlas, para cerrar los ojos y sentir que ellas le hablaban, ahí empezó a contarles sus sueños, las ideas que le cruzaban la mente y como le haría cuando ocurriera lo que siempre había deseado. No tenía nada y solo cargaba esa pequeña mochila llena de sueños, dormía poco, trabajaba mucho…su padre se lo inculcó, el amor por lo que hacía viendo esos espectáculos cada fin de semana…yendo a los lugares pequeños, a los grandes, retratándolo a cómo podía con aquellos que idolatraba, con aquellos personajes sacados de la ciencia ficción pero que aquí si existían se podían tocar con las manos y lo más curioso es que jamás sintió miedo de esos gigantes, sino una comunión que lo llevaría a encontrar lo que siempre quiso hacer, su pasión, su historia y el camino para llegar a ella. En el inicio sufrió los golpes, las heridas y todos esas noches donde no podía dormir del dolor mientras trabajaba medio tiempo, su padre nunca le permitiría ser lo que él quería, pero hay veces, pocas veces, donde uno debe arrojarse al abismo para saber si se puede volar y desafiar a todo aquel que se oponga, entonces su padre entendió, entendió justo el día que lo vio ahí con su máscara oscura y elegante abrirse paso entre la gente, abrirse paso en el cuadro de 6 x 6, día a día, caída a caída, llave a llave…y fue que ahí, conoció a su amigo…un amigo de su padre que le fue presentado para decirle, he aquí a mi hijo, lo dejo en tus manos para que con tu ayuda alcance el sueño que hoy lo comparte conmigo. Y así, durante años desde las 5 de la mañana, comenzó su historia, entrenando, ejercitándose, comiendo sano y siempre, siempre humilde empapándose de todo lo que venía que ver con su pasión, con su deporte, con su sueño. Era un hijo de la Lucha Libre, nacido para luchar, para estar en la arena, en el cuadrilátero donde los gigantes nacen, crecen, y son recordados por décadas. En su primera lucha, lo golpearon mucho, en la segunda le fue peor, y su padre le curaba…había elegido no ir a verlo pero sí que él le contará y entonces le ofrecía un consejo, jamás luchistico sino más de vida. Uso un personaje y después otro a medida que iba creciendo…y así fue que un día, en una arena de mala muerte estaba tan cansado en el vestidor después de una cruenta batalla, se quedó entre dormido y desmayado, cualquier deportista sabe esa sensación del mayor esfuerzo y el cerrar los ojos por todo lo que ello significa y así en una visión, entre una mujer hermosa y un niño correteando por la arena, combinado con esa sangre que caía sobre su cuerpo, encontró su máscara, y el nombre que había de portar con ella. Ahí fue donde empezó no a correr, sino a volar. Topes suicidas, llaveo, a ras de lona, fuerza, furia, y esa rudeza que un técnico necesita, porque en México…todo se divide en rudos y técnicos. El Técnico es el hijo bueno de mamá, al que los niños siguen, al que los adolescentes, ven con ojos de bondad, el que vende productos…el imán de taquilla y el rudo, el rudo es el alma del espectáculo, es el Rey de la maldad…aquel que infringe la ley, que rompe máscaras, que saca sangre enconándose con el público, y si, él era así, pero por alguna extraña razón que solo los locos entenderán, era adorado…representaba a todos en aquel ring y así fue creciendo, su fama de buen luchador, de creativo, de respetuoso con la profesión y aquellos que le rodeaban. Una noche descubrió el mayor logro de la profesión y la sensación que de ella emanaba…justo el día de su despedida de aquella arena que tanto le enseñó, puso su máscara en juego en una lucha sin cuartel, los cuerpos chocaron, los lances fueron realizados y los movimientos necesarios fueron hechos y así ensangrentado levantó su primera tapa…la primera de muchas…ahh, era como tocar el cielo, como decirle a una chica te quiero, como darle un abrazo a su papá, lo era todo. Después siguieron las cabelleras, cortes y cortes de pelo, de escuchar nombres y nombres, y saber historias detrás de las máscaras y de esos triunfos logrados en la Gran Arena, ahí es donde siempre perteneció y de la cual no quería irse jamás. Sus máscaras y las frases que les soltaba a los luchadores y a la gente lo enaltecieron. Jamás perdió el piso. ¿Por qué? Porque sabía del dolor y del sufrimiento, por su padre, por su mentor, por sus seguidores, vestía siempre sobrio y elegante, enmascarado caminaba entre multitudes y era saludado, y así fue metiéndose en el corazón de la gente, era carismático, algo que no se encuentra en la farmacia. Como adoraba subirse al ring, ser otro, ser él, encarnar a su personaje tan bien que ya no sabía su propio nombre y así sus años de carrera, se hicieron décadas y su máscara cada día más cotizada, al final, los Rudos no pueden irse sin pagar por sus fechorías. Deseaba tanto que su hijo supiera quien es él, pero se contentaba con que su abuelo lo llevará a la lucha libre, él jamás le dijo quién era y curiosamente, le decía que era un deporte que no era para él, jamás le acompañó…pero muchas veces estuvo presente cerca de él. Hay secretos que uno debe guardarse para sí mismo y solo usarse en caso de necesidad.

De pronto la realidad volvió a él, al llegar al estacionamiento, todo el mundo parecía estar aquí, filas y filas larguísimas esperando por entrar, cientos, quizás miles sobre la calle donde sería el evento de esta noche. La calle era un museo ambulante, y de repente viajabas en el tiempo, desde tu niñez, pasando por la adolescencia hasta llegar a tu madurez…Llaveros, Mascaras, Camisetas, Antifaces, Pañoletas, Zapatos, Cachuchas, Tazas, Relojes…todo lo necesario de tu ídolo favorito y de tus enemigos. Hacía frío afuera, se puso el gorro, se escondió detrás de la negrura de la noche y las luces de las calles y fue recorriendo los puestos, uno tras uno, admirando no su figura, sino la de sus ídolos, recordando cuando con sus padres iba y venía y cuando trataría de llevar a su hijo a regañadientes o haciendo un esfuerzo por sentirse no atraído…quería que él fuera otro, que estudiase y viajase por el mundo y que fuera ajeno al deporte de los costalazos pero cuando la sangre llama, llama. Compró algunos recuerdos mientras escuchaba historia y veía ese gran cartel donde él aparecía…y los que se arremolinaban a decir por quien iba, sentía orgullo y nostalgia. Tantos carteles, tantas arenas, tantos cuadros de 6 x 6 y tantas llaves aplicadas, recibidas y falladas, y que decir, de los topes suicidas y de las groserías que la gente le decía y el respeto de sus rivales, uno quiere mucho a las personas, pero la sensación que sentía aquí solo era comparable con el nacimiento de su hijo, finalmente alguien se le acercó al oído diciéndole ya es hora, y si ya era hora de enfrentarse de nuevo al destino. Ya han pasado los treintas y se acercan los 40, tal vez, incluso esos cuarenta ya aparecieron pero para los niños, los adolescentes y algunos adultos enamorados del espectáculo y el deporte, él es, y ya. No hay medias tintas, existe para las masas y para el universo. Existe porque el destino eligió, porque los Dioses que antes estuvieron y hoy son leyendas, le han dado la palmada de apoyo y el abrazo de orgullo. Hoy es, un ser victorioso, fuerte y orgulloso, es musculoso, experimentado y serio…hoy es aquel que superó las expectativas de todos y más de él mismo, hoy es un ídolo y está a punto de entrar al templo para enfrentar su batalla final, no cualquier batalla, sino la guerra de guerras…y para un hombre como él, es todo o nada. El Templo de las mil batallas espera, ruge como monstruo milenario, como un desenfrenado requinto de guitarra, como una sinfonía y aúlla como un lobo en celo, todos están afuera, y miles lo siguen en las redes del mundo virtual. El silencio se apodera de él…hoy se sienta ahí en solitario mientras hace pequeños ejercicios de estiramiento, ajustando la maquinaria que es su cuerpo, y el motor de su corazón, nada lo perturba, es una roca, es un metodista y un loco…es serio y suspira y exhala, no pierde pie a nada, es una fuerza a punto de desencadenarse. Se refugia en el Señor que lo acompaña desde arriba, pide salud no así victoria, porque sabe que Dios está para todos y las pruebas que él pone solo él sabe porque las deja ahí para ellos. Pero eso sí, siempre lleva paraguas en el corazón por si llueve. Se amarra las botas, agujero por agujero las agujetas van apretando las botas y dejándolas listas, mantiene los ojos en suelo y a su vez en el cielo. Se truena los dedos mientras junta las manos y se golpea con ellas, ensayando golpes y moviendo la cabeza en círculos, se pone las vendas y se toma todo el tiempo del mundo…así mismo cuando la capa rojiza y blanca le cubre su espalda…pero es cuando se pone la máscara cuando siente que el carro de su vida empieza a andar, empieza a ser él, a ser quien siempre fue y siempre será, parece que incluso crece unos centímetros, es como esos cuerdos que se hacen locos y viceversa. Es curioso pero cuando está a punto de salir, los que ya subieron, le saludan abrazándole y deseándole suerte, y el abraza su amuleto antes de salir…cuando ha escuchado su canción. Las gradas son como esas ollas a punto de estallar y si, explotan cuando el pasa junto a ellos, no saluda a nadie aunque quisiera saludarlos a todos, curiosamente, él sale al último cuando siempre es al revés con los Rudos, pero hay días y momentos en la vida en que el malo, se hace bueno o más bien, ser malo es más divertido. Y el pancracio se le rinde cuando sube a las cuerdas y alza su brazo al escuchar su nombre. Fuera presentaciones y fuera capas, esto es una lucha a muerte y sin reglas. Se han tomado los dos su tiempo y espacio, se miran de frente, se acercan estilando rivalidad y competencia, sangre y sudor…chocan como trenes y empieza el llaveo y el contra llaveo, comienzan a ras de lona y a lances cortos, se estudian como los sacerdotes a su biblia…se atacan pero con paciencia y pulcritud, son dos estandartes…y como en cualquier guerra, esta se gana en pequeñas batallas. El tono de la batalla sube al pasar los minutos ninguno cede y la sangre empieza a emanar por los golpes y el coraje que ambos se tienen, es el respeto pero es la búsqueda del triunfo y la inmortalidad las que chocan aquí y es ahí como él aplica su llave maestra al fragor de la batalla después de un tope suicida que los lleva a donde están los asistentes…el referí da una vuelta y se arrodilla para contar 1…2…3, y el monstruo de las mil cabezas, grita de emoción y aplausos…mientras el réferi le alza las manos y es así como la primer caída se la ha llevado, pero aquí no traigo y cuando el silbato de la segunda caída ha sonado…el técnico se ha lanzado con todo, llevándolo a las cuerdas y golpeándole fuerte, cuanta furia en esos golpes, cuantas horas de fuelle y de ganas de triunfar, lo cansa y se siente atarantado mientras le arrancan parte de la mascará y le marcan las encías en la frente. Busca zafarse pero se está enfrentando a su némesis, a su antagonista más peligroso y sus artimañas no funcionan esta vez, el rudo se tambalea y sufre ese movimiento definitivo que lo lleva a la lona y a escuchar el mismo sonido pero ahora en la derrota el 1…2…3 y fuera, ver a su enemigo cuya mano es levantado y estar justo donde empezaron solo que ahora ya no hay caída siguiente, sino el resultado que habrá de darle más brillo o fin a la carrera. No hay tregua, el público arde en aplausos, expectativa y gritería, los gigantes se encuentran cansados, hastiados, pero siempre empujando hacia delante, no te puedes detener, no hay pausas, solo hay batallas, golpes, mordidas, llaves y vuelos…aparecen las sillas, las piernas cansadas y el dolor en el cuerpo…y él, cual ave mitológica vuela por los aires cayendo sobre su rival y peleando frente a frente mientras los aficionados gritan al oído y las butacas se retuercen, los comentaristas se han quedado sin palabras y él sin aire, esta sofocado, siente los años venir pero lo intenta más y más, justo cuando el referí los llama al ring porque el conteo acumula sus segundos. La juventud de su contrario lo ha hecho menguar…ha podido con muchos, ha podido con todos, de verdad, ¿aquí terminará todo? No, no se lo puede permitir…más cuando sin percatarse de su presencia, su voz ha atravesado cualquier voz en la arena, solo un padre sabe cuándo un hijo llama, y es ahí que lo ve, brincando de emociones del lado del abuelo, no, grita, pero el grito de él, gritándole a su máscara, a su otro yo…le han sacado una lágrima y una agilidad que parecía haber olvidado en el baúl de tantas anécdotas y es ahí que se debate entre la rendición y la sumisión, pero detiene el conteo una y otra vez, haciendo que el número 3 jamás llegué al menos no para él yaciendo en el suelo, va a las cuerdas, se refugia en ellas, toma aire y mete unas patadas voladoras para dejar a su rival en el suelo y justo cuando se está levantando el contrincante, el rival de este año y otros, lo funde con un castigo que apenas aprendió hace unos años y del que sabe que no podrá zafarse…y se aferra, aprieta los dientes, los brazos y no lo suelta mientras el público no respira y el referí pregunta y pregunta de nuevo, y el contrincante se aferra a la vida, porque sin mascara no somos los mismos…pero no puede, su cuerpo no responde más, y la llave termina con él, cuando, se rinde con esas manos que piden detenlo todo que ya no puedo más. Una máscara más caído por su mano, y alza los brazos cansados y el orgullo intacto. Su rival ha entregado la máscara, ha dicho su nombre y le ha levantado el brazo, pero él, sabedor de la humildad y el respeto a la profesión lo carga en hombros a él, para que sepan a quien ha vencido y se funden en un abrazo…al final somos personas. Pero aun con el triunfo, había algo que no lo dejaba más, eso que aparece un par de veces en la vida, un deseo, un anhelo, una cosa en el pecho difícil de explicar y entonces fue que lo llamo a él, a su hijo que estaba con el abuelo, le hizo señas al comisionado de box y lucha para que dejarán pasar al crío, el cual totalmente emocionado y con espíritu de cualquier niño corrió a los brazos de su ídolo sin saber porque era llamado y entonces el, con lágrimas en los ojos y con la voz entrecortada, se removió la máscara ante el incrédulo público que se olvidó del rival que se fue y se enfocaron en él…¿Por qué? ¿Si fue el ganador? ¿Y todo para qué? Pero él ya no escuchaba al público sino solo veía a su hijo, quien llorando le dijo, sabía que eras tú, papá, con sus pocos años, el chiquillo en el fondo el corazón se lo decía desde que fue llamado al ring. Y fue entonces que el público enardecido de cariño, de idolatría, de esa sensación indescriptible…escucho su nombre verdadero y el porqué de lo que hizo, y el porqué de su partida, a pesar de ser el ganador, ya no quería volver ahí, a los golpes, a los costalazos, sino solo a dar las gracias por darle la oportunidad de ser otro, de tener un nombre para la historia. Y así fue, que en hombros fue levantado y recorrió el ring un par de veces por la gente, por sus admiradores, por aquellos que siempre le querrían, porque a ellos, no les podremos enseñar jamás como querer a un ídolo porque eso viene de adentro, es una comunión, y así fue que al salir mascara en mano, y en la otra la de su hijo partió de la arena, su lugar favorito en el Mundo de Morfeo para volver de la mano de él, con su hijo para ahora sí, contarle todas esas historias que solo el cuadro de 6 x 6 puede contar.”




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