“Aún no sé cómo empezar, si
hablar de la lluvia que se precipita sobre la ciudad, si de las luces rojas que
adornan esta peligrosa calle, o de las risas que vienen de aquella esquina
donde las tragedias abundan, si de ese niño que persigue en las páginas de un
libro a su héroe. Pero como las palabras se han ido y las frases rimbombantes
no las tengo porque en algún lado las olvide, quizás en la memoria o tal vez,
en ese cajón donde se van todo lo que no sabemos cómo decir, entonces lo
empezare como me salga…solo te diré que como en toda historia…es sobre un
sueño…de un hombre sin nombre, de unos ojos negros como la noche y de una
sonrisa siempre melancólica. Había dormido bien pero intranquilo, sin
pesadillas, sin sueños, solo en la nada de su palacio de memoria, repasando una
y otra vez la estrategia a seguir, y como llegar a la meta. El desayuno era
fuerte pero nutritivo, jugaba con su hijo y escuchaba como el ajeno a su
trabajo pero siempre presente en la historia de este…se acercó a él, y le
abrazaba fuerte como un oso, como cuando no se quiere ir a ningún lado o cuando
quiere que ese abrazo signifique algo que no puede decir con palabras, besó a
su esposa y con maleta se despidió de ellos…al subirse al auto, el hijo fue
acercándose corriendo diciéndole, ¡Feliz Viaje Papá! Y Él sonrió mientras la lágrima
atravesaba su mejilla como una herida a punto de sangrar. El paseo fue corto
pero lento debido a esos pensamientos y esas emociones fuertes…para estos
viajes y estos sentires siempre los había hecho en solitario, tratando de
conectarse con su yo interior, con su visión de la vida, sus anhelos y los
recuerdos que le acompañaban, lo repasaba todo incluso como era ese largo
pasillo a través de las luces…como desatar la furia con la mente tranquila,
como ser él y no dejar de ser el otro…como ser un huracán y matar
silenciosamente como un cuchillo afilado. Durante el trayecto, cuando los
semáforos se ponían en rojo, veía las estrellas, tan lejanas y tan llamativas
para el hombre…brillantes, estoicas y siempre bellas…recordó cuando caminaba
por las calles después de salir del gimnasio y de las horas de entrenamiento y
se recostaba en cualquier parque o área verde para verlas, para cerrar los ojos
y sentir que ellas le hablaban, ahí empezó a contarles sus sueños, las ideas
que le cruzaban la mente y como le haría cuando ocurriera lo que siempre había
deseado. No tenía nada y solo cargaba esa pequeña mochila llena de sueños,
dormía poco, trabajaba mucho…su padre se lo inculcó, el amor por lo que hacía
viendo esos espectáculos cada fin de semana…yendo a los lugares pequeños, a los
grandes, retratándolo a cómo podía con aquellos que idolatraba, con aquellos personajes
sacados de la ciencia ficción pero que aquí si existían se podían tocar con las
manos y lo más curioso es que jamás sintió miedo de esos gigantes, sino una
comunión que lo llevaría a encontrar lo que siempre quiso hacer, su pasión, su
historia y el camino para llegar a ella. En el inicio sufrió los golpes, las
heridas y todos esas noches donde no podía dormir del dolor mientras trabajaba
medio tiempo, su padre nunca le permitiría ser lo que él quería, pero hay
veces, pocas veces, donde uno debe arrojarse al abismo para saber si se puede
volar y desafiar a todo aquel que se oponga, entonces su padre entendió,
entendió justo el día que lo vio ahí con su máscara oscura y elegante abrirse
paso entre la gente, abrirse paso en el cuadro de 6 x 6, día a día, caída a
caída, llave a llave…y fue que ahí, conoció a su amigo…un amigo de su padre que
le fue presentado para decirle, he aquí a mi hijo, lo dejo en tus manos para
que con tu ayuda alcance el sueño que hoy lo comparte conmigo. Y así, durante
años desde las 5 de la mañana, comenzó su historia, entrenando, ejercitándose,
comiendo sano y siempre, siempre humilde empapándose de todo lo que venía que
ver con su pasión, con su deporte, con su sueño. Era un hijo de la Lucha Libre,
nacido para luchar, para estar en la arena, en el cuadrilátero donde los
gigantes nacen, crecen, y son recordados por décadas. En su primera lucha, lo
golpearon mucho, en la segunda le fue peor, y su padre le curaba…había elegido
no ir a verlo pero sí que él le contará y entonces le ofrecía un consejo, jamás
luchistico sino más de vida. Uso un personaje y después otro a medida que iba
creciendo…y así fue que un día, en una arena de mala muerte estaba tan cansado
en el vestidor después de una cruenta batalla, se quedó entre dormido y desmayado,
cualquier deportista sabe esa sensación del mayor esfuerzo y el cerrar los ojos
por todo lo que ello significa y así en una visión, entre una mujer hermosa y
un niño correteando por la arena, combinado con esa sangre que caía sobre su
cuerpo, encontró su máscara, y el nombre que había de portar con ella. Ahí fue
donde empezó no a correr, sino a volar. Topes suicidas, llaveo, a ras de lona,
fuerza, furia, y esa rudeza que un técnico necesita, porque en México…todo se
divide en rudos y técnicos. El Técnico es el hijo bueno de mamá, al que los
niños siguen, al que los adolescentes, ven con ojos de bondad, el que vende productos…el
imán de taquilla y el rudo, el rudo es el alma del espectáculo, es el Rey de la
maldad…aquel que infringe la ley, que rompe máscaras, que saca sangre
enconándose con el público, y si, él era así, pero por alguna extraña razón que
solo los locos entenderán, era adorado…representaba a todos en aquel ring y así
fue creciendo, su fama de buen luchador, de creativo, de respetuoso con la
profesión y aquellos que le rodeaban. Una noche descubrió el mayor logro de la
profesión y la sensación que de ella emanaba…justo el día de su despedida de
aquella arena que tanto le enseñó, puso su máscara en juego en una lucha sin
cuartel, los cuerpos chocaron, los lances fueron realizados y los movimientos
necesarios fueron hechos y así ensangrentado levantó su primera tapa…la primera
de muchas…ahh, era como tocar el cielo, como decirle a una chica te quiero,
como darle un abrazo a su papá, lo era todo. Después siguieron las cabelleras,
cortes y cortes de pelo, de escuchar nombres y nombres, y saber historias
detrás de las máscaras y de esos triunfos logrados en la Gran Arena, ahí es
donde siempre perteneció y de la cual no quería irse jamás. Sus máscaras y las
frases que les soltaba a los luchadores y a la gente lo enaltecieron. Jamás
perdió el piso. ¿Por qué? Porque sabía del dolor y del sufrimiento, por su
padre, por su mentor, por sus seguidores, vestía siempre sobrio y elegante,
enmascarado caminaba entre multitudes y era saludado, y así fue metiéndose en
el corazón de la gente, era carismático, algo que no se encuentra en la
farmacia. Como adoraba subirse al ring, ser otro, ser él, encarnar a su
personaje tan bien que ya no sabía su propio nombre y así sus años de carrera,
se hicieron décadas y su máscara cada día más cotizada, al final, los Rudos no
pueden irse sin pagar por sus fechorías. Deseaba tanto que su hijo supiera
quien es él, pero se contentaba con que su abuelo lo llevará a la lucha libre,
él jamás le dijo quién era y curiosamente, le decía que era un deporte que no
era para él, jamás le acompañó…pero muchas veces estuvo presente cerca de él.
Hay secretos que uno debe guardarse para sí mismo y solo usarse en caso de
necesidad.
De pronto la realidad volvió a
él, al llegar al estacionamiento, todo el mundo parecía estar aquí, filas y
filas larguísimas esperando por entrar, cientos, quizás miles sobre la calle
donde sería el evento de esta noche. La calle era un museo ambulante, y de repente
viajabas en el tiempo, desde tu niñez, pasando por la adolescencia hasta llegar
a tu madurez…Llaveros, Mascaras, Camisetas, Antifaces, Pañoletas, Zapatos,
Cachuchas, Tazas, Relojes…todo lo necesario de tu ídolo favorito y de tus
enemigos. Hacía frío afuera, se puso el gorro, se escondió detrás de la negrura
de la noche y las luces de las calles y fue recorriendo los puestos, uno tras
uno, admirando no su figura, sino la de sus ídolos, recordando cuando con sus
padres iba y venía y cuando trataría de llevar a su hijo a regañadientes o
haciendo un esfuerzo por sentirse no atraído…quería que él fuera otro, que
estudiase y viajase por el mundo y que fuera ajeno al deporte de los costalazos
pero cuando la sangre llama, llama. Compró algunos recuerdos mientras escuchaba
historia y veía ese gran cartel donde él aparecía…y los que se arremolinaban a
decir por quien iba, sentía orgullo y nostalgia. Tantos carteles, tantas
arenas, tantos cuadros de 6 x 6 y tantas llaves aplicadas, recibidas y
falladas, y que decir, de los topes suicidas y de las groserías que la gente le
decía y el respeto de sus rivales, uno quiere mucho a las personas, pero la
sensación que sentía aquí solo era comparable con el nacimiento de su hijo, finalmente
alguien se le acercó al oído diciéndole ya es hora, y si ya era hora de enfrentarse
de nuevo al destino. Ya han pasado los treintas y se acercan los 40, tal vez,
incluso esos cuarenta ya aparecieron pero para los niños, los adolescentes y
algunos adultos enamorados del espectáculo y el deporte, él es, y ya. No hay
medias tintas, existe para las masas y para el universo. Existe porque el
destino eligió, porque los Dioses que antes estuvieron y hoy son leyendas, le
han dado la palmada de apoyo y el abrazo de orgullo. Hoy es, un ser victorioso,
fuerte y orgulloso, es musculoso, experimentado y serio…hoy es aquel que superó
las expectativas de todos y más de él mismo, hoy es un ídolo y está a punto de
entrar al templo para enfrentar su batalla final, no cualquier batalla, sino la
guerra de guerras…y para un hombre como él, es todo o nada. El Templo de las
mil batallas espera, ruge como monstruo milenario, como un desenfrenado
requinto de guitarra, como una sinfonía y aúlla como un lobo en celo, todos
están afuera, y miles lo siguen en las redes del mundo virtual. El silencio se
apodera de él…hoy se sienta ahí en solitario mientras hace pequeños ejercicios
de estiramiento, ajustando la maquinaria que es su cuerpo, y el motor de su
corazón, nada lo perturba, es una roca, es un metodista y un loco…es serio y
suspira y exhala, no pierde pie a nada, es una fuerza a punto de
desencadenarse. Se refugia en el Señor que lo acompaña desde arriba, pide salud
no así victoria, porque sabe que Dios está para todos y las pruebas que él pone
solo él sabe porque las deja ahí para ellos. Pero eso sí, siempre lleva
paraguas en el corazón por si llueve. Se amarra las botas, agujero por agujero
las agujetas van apretando las botas y dejándolas listas, mantiene los ojos en
suelo y a su vez en el cielo. Se truena los dedos mientras junta las manos y se
golpea con ellas, ensayando golpes y moviendo la cabeza en círculos, se pone
las vendas y se toma todo el tiempo del mundo…así mismo cuando la capa rojiza y
blanca le cubre su espalda…pero es cuando se pone la máscara cuando siente que
el carro de su vida empieza a andar, empieza a ser él, a ser quien siempre fue
y siempre será, parece que incluso crece unos centímetros, es como esos cuerdos
que se hacen locos y viceversa. Es curioso pero cuando está a punto de salir,
los que ya subieron, le saludan abrazándole y deseándole suerte, y el abraza su
amuleto antes de salir…cuando ha escuchado su canción. Las gradas son como esas
ollas a punto de estallar y si, explotan cuando el pasa junto a ellos, no
saluda a nadie aunque quisiera saludarlos a todos, curiosamente, él sale al
último cuando siempre es al revés con los Rudos, pero hay días y momentos en la
vida en que el malo, se hace bueno o más bien, ser malo es más divertido. Y el
pancracio se le rinde cuando sube a las cuerdas y alza su brazo al escuchar su
nombre. Fuera presentaciones y fuera capas, esto es una lucha a muerte y sin
reglas. Se han tomado los dos su tiempo y espacio, se miran de frente, se
acercan estilando rivalidad y competencia, sangre y sudor…chocan como trenes y
empieza el llaveo y el contra llaveo, comienzan a ras de lona y a lances
cortos, se estudian como los sacerdotes a su biblia…se atacan pero con
paciencia y pulcritud, son dos estandartes…y como en cualquier guerra, esta se
gana en pequeñas batallas. El tono de la batalla sube al pasar los minutos
ninguno cede y la sangre empieza a emanar por los golpes y el coraje que ambos
se tienen, es el respeto pero es la búsqueda del triunfo y la inmortalidad las
que chocan aquí y es ahí como él aplica su llave maestra al fragor de la
batalla después de un tope suicida que los lleva a donde están los
asistentes…el referí da una vuelta y se arrodilla para contar 1…2…3, y el
monstruo de las mil cabezas, grita de emoción y aplausos…mientras el réferi le
alza las manos y es así como la primer caída se la ha llevado, pero aquí no
traigo y cuando el silbato de la segunda caída ha sonado…el técnico se ha
lanzado con todo, llevándolo a las cuerdas y golpeándole fuerte, cuanta furia
en esos golpes, cuantas horas de fuelle y de ganas de triunfar, lo cansa y se
siente atarantado mientras le arrancan parte de la mascará y le marcan las
encías en la frente. Busca zafarse pero se está enfrentando a su némesis, a su
antagonista más peligroso y sus artimañas no funcionan esta vez, el rudo se
tambalea y sufre ese movimiento definitivo que lo lleva a la lona y a escuchar
el mismo sonido pero ahora en la derrota el 1…2…3 y fuera, ver a su enemigo
cuya mano es levantado y estar justo donde empezaron solo que ahora ya no hay
caída siguiente, sino el resultado que habrá de darle más brillo o fin a la
carrera. No hay tregua, el público arde en aplausos, expectativa y gritería,
los gigantes se encuentran cansados, hastiados, pero siempre empujando hacia
delante, no te puedes detener, no hay pausas, solo hay batallas, golpes,
mordidas, llaves y vuelos…aparecen las sillas, las piernas cansadas y el dolor
en el cuerpo…y él, cual ave mitológica vuela por los aires cayendo sobre su
rival y peleando frente a frente mientras los aficionados gritan al oído y las
butacas se retuercen, los comentaristas se han quedado sin palabras y él sin
aire, esta sofocado, siente los años venir pero lo intenta más y más, justo
cuando el referí los llama al ring porque el conteo acumula sus segundos. La
juventud de su contrario lo ha hecho menguar…ha podido con muchos, ha podido
con todos, de verdad, ¿aquí terminará todo? No, no se lo puede permitir…más
cuando sin percatarse de su presencia, su voz ha atravesado cualquier voz en la
arena, solo un padre sabe cuándo un hijo llama, y es ahí que lo ve, brincando
de emociones del lado del abuelo, no, grita, pero el grito de él, gritándole a
su máscara, a su otro yo…le han sacado una lágrima y una agilidad que parecía
haber olvidado en el baúl de tantas anécdotas y es ahí que se debate entre la
rendición y la sumisión, pero detiene el conteo una y otra vez, haciendo que el
número 3 jamás llegué al menos no para él yaciendo en el suelo, va a las
cuerdas, se refugia en ellas, toma aire y mete unas patadas voladoras para
dejar a su rival en el suelo y justo cuando se está levantando el contrincante,
el rival de este año y otros, lo funde con un castigo que apenas aprendió hace
unos años y del que sabe que no podrá zafarse…y se aferra, aprieta los dientes,
los brazos y no lo suelta mientras el público no respira y el referí pregunta y
pregunta de nuevo, y el contrincante se aferra a la vida, porque sin mascara no
somos los mismos…pero no puede, su cuerpo no responde más, y la llave termina
con él, cuando, se rinde con esas manos que piden detenlo todo que ya no puedo más.
Una máscara más caído por su mano, y alza los brazos cansados y el orgullo
intacto. Su rival ha entregado la máscara, ha dicho su nombre y le ha levantado
el brazo, pero él, sabedor de la humildad y el respeto a la profesión lo carga
en hombros a él, para que sepan a quien ha vencido y se funden en un abrazo…al
final somos personas. Pero aun con el triunfo, había algo que no lo dejaba más,
eso que aparece un par de veces en la vida, un deseo, un anhelo, una cosa en el
pecho difícil de explicar y entonces fue que lo llamo a él, a su hijo que
estaba con el abuelo, le hizo señas al comisionado de box y lucha para que
dejarán pasar al crío, el cual totalmente emocionado y con espíritu de
cualquier niño corrió a los brazos de su ídolo sin saber porque era llamado y
entonces el, con lágrimas en los ojos y con la voz entrecortada, se removió la máscara
ante el incrédulo público que se olvidó del rival que se fue y se enfocaron en
él…¿Por qué? ¿Si fue el ganador? ¿Y todo para qué? Pero él ya no escuchaba al
público sino solo veía a su hijo, quien llorando le dijo, sabía que eras tú,
papá, con sus pocos años, el chiquillo en el fondo el corazón se lo decía desde
que fue llamado al ring. Y fue entonces que el público enardecido de cariño, de
idolatría, de esa sensación indescriptible…escucho su nombre verdadero y el porqué
de lo que hizo, y el porqué de su partida, a pesar de ser el ganador, ya no
quería volver ahí, a los golpes, a los costalazos, sino solo a dar las gracias
por darle la oportunidad de ser otro, de tener un nombre para la historia. Y
así fue, que en hombros fue levantado y recorrió el ring un par de veces por la
gente, por sus admiradores, por aquellos que siempre le querrían, porque a
ellos, no les podremos enseñar jamás como querer a un ídolo porque eso viene de
adentro, es una comunión, y así fue que al salir mascara en mano, y en la otra la
de su hijo partió de la arena, su lugar favorito en el Mundo de Morfeo para
volver de la mano de él, con su hijo para ahora sí, contarle todas esas
historias que solo el cuadro de 6 x 6 puede contar.”
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