martes, 23 de julio de 2013

El Tuerto

“Una tarde soleada se ciñe sobre el edificio blanco como la nieve bañando con ese tono rojizo que solo los atardeceres otorgan. Es el verano y las escuelas están terminando un año escolar mas, miles de miles de niños navegarán entre polvorientas calles viviendo la vida como siempre debe vivirse en libertad de preocupaciones y del pensar de los demás, los jóvenes caminan de piso en piso en sus casas alistando maletas, echando ropa aquí y allá repitiendo los mensajes y resolviendo lugares que visitar, la vida sonríe por el cambio que tanto anhelamos y que tanto odiamos termine para no volver a la rutina. Pero acá dentro de vacaciones no se habla, solo de supervivencia, esta sala es la más blanca del mundo y la de presagios mas oscuros aquí no se viene por gusto sino porque se tiene que venir.  Su revistero esta repleto de cotidianidad pero aquí se juega la vida o al menos la que todos tenemos perder, el agua del garrafón continúa su andar descendente mientras alimenta a quienes la habitan, zapatos blancos van de un lado a otro. Si, es el lugar que su aroma particular rebasa nuestro sentido del olfato. Nadie sabe como él llegó aquí, vestido de camisa oscura, tatuaje en el brazo y de sus ojos demacrados alimentados por unos sucios pantalones se derrumbo justo en la entrada. Al principio parecía más un hombre desvelado, perdido pero luego se percataron de su deteriorada condición. Y después de una semana sigue aquí, sin identificación ni quien pregunte por sus facciones, pareciera que su vida recién empezó o apareció aquí por el destino mismo que siempre nos pone pruebas. Esta tarde se le dará de alta hasta el momento ha preguntado solo: ¿Dónde esta? y ¿Cuándo puede irse? Pero en el fondo no sabe si debe volver a casa. El doctor se ha acercado a él, sentado en una silla contigua a la cama, se ha preguntado si debería decirlo así directo como los médicos suelen hacerlo pero se lo piensa un minuto. La locura no debería entrar aquí pero justo cuando se lo dice, el sollozo se vuelve un lamento que resuena en toda la sala, que deja temblar a las ventanas, solicita un espejo se mira en él y sonríe jocosamente. De la vista nace el amor y muchas otras cosas, pero ahora deberá encontrar el camino de nuevo, ahí perdido en la bruma de una sala blanca, gracias Doctor le dijo, se que hizo lo que pudo, rechazó su nuevo look y pidió por su respuesta al Creador, enjuago sus lágrimas, pidió un cigarrillo después de años de no fumar, lo encendió y dio una gran calada mientras tomaba la salida principal. Su visibilidad se redujo al 50% además que ahora aquello que mas le gustaba jamás podría realizarlo al nivel que él quería, era ahora una nueva persona le gustase o no. Así volvió a casa kilómetros enteros recorrió mientras sus cansinos pasos golpeando de vez en cuando con las personas a su alrededor llegó a casa, busco en la maceta su llave e ingresó al hogar, las paredes despintadas y rayadas, ropa deportiva sucia y ese hedor a alcohol de hace días abrumaba la sala al igual que la contraparte de esa foto que era lo único que iluminaba la casa, y ahí se derrumbo pidiendo perdón y dejando una rosa mas que sustituía cada semana. Ese lugar se convertía en su refugio cada que sus vicios agredían su vida por él mismo, hiriéndose el cuerpo y el alma misma, ahora le lloraba solo por un ojo, maltrecho se ausentó por una semana de todas sus actividades, apagó los teléfonos, rento una habitación en un lúgubre hotel de la ciudad y solo por las noches volvía a casa para llorarle a la foto. Era una agonía, sus amigos se preocuparon por el, ante su renuente idea a volver a la rutina, una vez que fue encontrado por ahí entre senderos sin final y ritos de alcohol desafiados enfiló por la escalera descendente al infierno, en el habría de encontrar su camino de nuevo. En el fango de ese bosque pantanoso que significa los ríos de alcohol desbordado y la depresión arraigada en su ropa, apestaba a desanimo, a vencido, recorrió nuevamente el camino del hotel a casa para buscar dinero donde siempre sabía había. Como un ladrón tomó el dinero de su alcancía y escapó a la siguiente cantina, ahí bebió, conversó, peleó y ensangrentado escapo de la policía cuando encontró de nuevo el hospital, en las escaleras le vio y la enfermera se acercó a él, ven le dijo vamos a bañarte y curarte tus heridas. La enfermera curaba sus heridas con eficiencia y paciencia, dos virtudes de las que el carecía. Su blanco atuendo le recordaba a esos ángeles de los que tanto leía y contaba.  Durmió ahí presa de su pleito y de su borrachera, ella no preguntó se dedico a curarle, y le ofreció su amistad solo si él le acompañaba una vez a la semana a un lugar por definir. Hicieron un trato, estrechando sus manos. Llegó por el, tomaron el autobús y recorrieron una larga distancia hasta llegar a una casa azul de 3 pisos, en su terraza una mallasombra cubría el sol, de sus paredes colgaban grandes plantas y se sentía el bullicio sin grito alguno, le tomó de su mano y subieron, al llegar a la entrada, fueron recibidos con un abrazo, bienvenidos dijo la encargada, hoy seré su anfitriona y les entregó un cuadernillo en blanco con su pluma. Lo que ocurrió al entrar le sorprendió, decenas de sillas, pilas de libros, lienzos para pintar y pintarrones para escribir, era una jungla de luz, todos se ayudaban a los otros, sin quitarse la mirada de los ojos en sus atuendos blancos como la nieve, entonces entendió una vez sentado frente al proyector que se había encendido. Estaban formados en pareja, unos en el suelo, otros en bancas y otros de pie, lo común era lo diferente. Todos carecían de algo físico, un pie, una pierna, un ojo, un brazo. Mutilados por la vida, pero lo que le enchinaba la piel, era que ninguno de ellos tenía queja alguna, no escucho un sollozo, un lamento o un grito, era su oportunidad de abrir el corazón y sanar las heridas. La enfermera explicó que todos teníamos un proceso de lamento pero que las personas decidían si se perdían en los sollozos o salían adelante a ver el Sol de nuevo y a expresar sonrisa ante la vida, quien ayudaba y quien recibía ayuda y viceversa. Los que ayudaban compartían sus experiencias extendiendo la mano a quien ahora lo necesitaba, tal vez mañana, sería al revés. Cuando ellos resolvían sus tareas, veía su animo, sus ganas de pintar, leer, aprender y sobre todo no perder la fe, lloró en el hombro de la enfermera, si bien es cierto sabía que en el ámbito donde él se desarrollaba, la falta de vista era la despedida, sintió expectación por la bienvenida a algo nuevo. Al cambio que había acaecido en el y su mundo. Batalló pero semana tras semana la enfermera y el se presentaban, su casa comenzó a limpiarse con el tiempo y su refugio recibía una rosa como siempre y entonces inició de nuevo.  El ahora llamado el Tuerto recuerda ese inicio, renacer a partir de una desgracia, así vivimos los seres humanos, Dios nos invita a desafiarlo cuando nos ocurre una perdida, cuando una gran tormenta altera nuestros corazones, cuando el mar se convierte en desierto y las lágrimas se convierten en lluvia. Su misión en la vida cambió para siempre desde aquel día y hoy como anfitrión de la casa azul recibe a los nuevos, y a los recurrentes, de vez en cuando sonríe sin explicarle como llegó aquí, y entonces sus ojos se cruzan con los de ella, con sus ojos negros como la eterna noche y su sonrisa hermosa como la blanca luna, toma su mano y le besa suavemente en los labios, del mañana no importa mucho, de los cambios tampoco, la tiene a ella, y ella la tiene a el, hoy le ha escrito su primer poema y le ha pintado su primer lienzo, para ello a la vista le basta lo que el corazón siente. En el Mundo de Morfeo, los tuertos no suelen ver con los ojos sino con el alma”

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