“Una tarde soleada se ciñe
sobre el edificio blanco como la nieve bañando con ese tono rojizo que solo los
atardeceres otorgan. Es el verano y las escuelas están terminando un año
escolar mas, miles de miles de niños navegarán entre polvorientas calles viviendo
la vida como siempre debe vivirse en libertad de preocupaciones y del pensar de
los demás, los jóvenes caminan de piso en piso en sus casas alistando maletas,
echando ropa aquí y allá repitiendo los mensajes y resolviendo lugares que
visitar, la vida sonríe por el cambio que tanto anhelamos y que tanto odiamos
termine para no volver a la rutina. Pero acá dentro de vacaciones no se habla,
solo de supervivencia, esta sala es la más blanca del mundo y la de presagios
mas oscuros aquí no se viene por gusto sino porque se tiene que venir. Su revistero esta repleto de cotidianidad pero
aquí se juega la vida o al menos la que todos tenemos perder, el agua del
garrafón continúa su andar descendente mientras alimenta a quienes la habitan,
zapatos blancos van de un lado a otro. Si, es el lugar que su aroma particular
rebasa nuestro sentido del olfato. Nadie sabe como él llegó aquí, vestido de
camisa oscura, tatuaje en el brazo y de sus ojos demacrados alimentados por
unos sucios pantalones se derrumbo justo en la entrada. Al principio parecía más
un hombre desvelado, perdido pero luego se percataron de su deteriorada
condición. Y después de una semana sigue aquí, sin identificación ni quien
pregunte por sus facciones, pareciera que su vida recién empezó o apareció aquí
por el destino mismo que siempre nos pone pruebas. Esta tarde se le dará de
alta hasta el momento ha preguntado solo: ¿Dónde esta? y ¿Cuándo puede irse?
Pero en el fondo no sabe si debe volver a casa. El doctor se ha acercado a él,
sentado en una silla contigua a la cama, se ha preguntado si debería decirlo
así directo como los médicos suelen hacerlo pero se lo piensa un minuto. La
locura no debería entrar aquí pero justo cuando se lo dice, el sollozo se
vuelve un lamento que resuena en toda la sala, que deja temblar a las ventanas,
solicita un espejo se mira en él y sonríe jocosamente. De la vista nace el amor
y muchas otras cosas, pero ahora deberá encontrar el camino de nuevo, ahí
perdido en la bruma de una sala blanca, gracias Doctor le dijo, se que hizo lo
que pudo, rechazó su nuevo look y pidió por su respuesta al Creador, enjuago
sus lágrimas, pidió un cigarrillo después de años de no fumar, lo encendió y
dio una gran calada mientras tomaba la salida principal. Su visibilidad se
redujo al 50% además que ahora aquello que mas le gustaba jamás podría
realizarlo al nivel que él quería, era ahora una nueva persona le gustase o no.
Así volvió a casa kilómetros enteros recorrió mientras sus cansinos pasos
golpeando de vez en cuando con las personas a su alrededor llegó a casa, busco
en la maceta su llave e ingresó al hogar, las paredes despintadas y rayadas,
ropa deportiva sucia y ese hedor a alcohol de hace días abrumaba la sala al
igual que la contraparte de esa foto que era lo único que iluminaba la casa, y
ahí se derrumbo pidiendo perdón y dejando una rosa mas que sustituía cada
semana. Ese lugar se convertía en su refugio cada que sus vicios agredían su
vida por él mismo, hiriéndose el cuerpo y el alma misma, ahora le lloraba solo
por un ojo, maltrecho se ausentó por una semana de todas sus actividades, apagó
los teléfonos, rento una habitación en un lúgubre hotel de la ciudad y solo por
las noches volvía a casa para llorarle a la foto. Era una agonía, sus amigos se
preocuparon por el, ante su renuente idea a volver a la rutina, una vez que fue
encontrado por ahí entre senderos sin final y ritos de alcohol desafiados
enfiló por la escalera descendente al infierno, en el habría de encontrar su
camino de nuevo. En el fango de ese bosque pantanoso que significa los ríos de
alcohol desbordado y la depresión arraigada en su ropa, apestaba a desanimo, a
vencido, recorrió nuevamente el camino del hotel a casa para buscar dinero
donde siempre sabía había. Como un ladrón tomó el dinero de su alcancía y
escapó a la siguiente cantina, ahí bebió, conversó, peleó y ensangrentado
escapo de la policía cuando encontró de nuevo el hospital, en las escaleras le
vio y la enfermera se acercó a él, ven le dijo vamos a bañarte y curarte tus
heridas. La enfermera curaba sus heridas con eficiencia y paciencia, dos
virtudes de las que el carecía. Su blanco atuendo le recordaba a esos ángeles
de los que tanto leía y contaba. Durmió
ahí presa de su pleito y de su borrachera, ella no preguntó se dedico a
curarle, y le ofreció su amistad solo si él le acompañaba una vez a la semana a
un lugar por definir. Hicieron un trato, estrechando sus manos. Llegó por el,
tomaron el autobús y recorrieron una larga distancia hasta llegar a una casa
azul de 3 pisos, en su terraza una mallasombra cubría el sol, de sus paredes
colgaban grandes plantas y se sentía el bullicio sin grito alguno, le tomó de
su mano y subieron, al llegar a la entrada, fueron recibidos con un abrazo,
bienvenidos dijo la encargada, hoy seré su anfitriona y les entregó un cuadernillo
en blanco con su pluma. Lo que ocurrió al entrar le sorprendió, decenas de
sillas, pilas de libros, lienzos para pintar y pintarrones para escribir, era
una jungla de luz, todos se ayudaban a los otros, sin quitarse la mirada de los
ojos en sus atuendos blancos como la nieve, entonces entendió una vez sentado
frente al proyector que se había encendido. Estaban formados en pareja, unos en
el suelo, otros en bancas y otros de pie, lo común era lo diferente. Todos
carecían de algo físico, un pie, una pierna, un ojo, un brazo. Mutilados por la
vida, pero lo que le enchinaba la piel, era que ninguno de ellos tenía queja
alguna, no escucho un sollozo, un lamento o un grito, era su oportunidad de
abrir el corazón y sanar las heridas. La enfermera explicó que todos teníamos
un proceso de lamento pero que las personas decidían si se perdían en los
sollozos o salían adelante a ver el Sol de nuevo y a expresar sonrisa ante la
vida, quien ayudaba y quien recibía ayuda y viceversa. Los que ayudaban
compartían sus experiencias extendiendo la mano a quien ahora lo necesitaba,
tal vez mañana, sería al revés. Cuando ellos resolvían sus tareas, veía su
animo, sus ganas de pintar, leer, aprender y sobre todo no perder la fe, lloró
en el hombro de la enfermera, si bien es cierto sabía que en el ámbito donde él
se desarrollaba, la falta de vista era la despedida, sintió expectación por la
bienvenida a algo nuevo. Al cambio que había acaecido en el y su mundo. Batalló
pero semana tras semana la enfermera y el se presentaban, su casa comenzó a
limpiarse con el tiempo y su refugio recibía una rosa como siempre y entonces
inició de nuevo. El ahora llamado el
Tuerto recuerda ese inicio, renacer a partir de una desgracia, así vivimos los
seres humanos, Dios nos invita a desafiarlo cuando nos ocurre una perdida,
cuando una gran tormenta altera nuestros corazones, cuando el mar se convierte
en desierto y las lágrimas se convierten en lluvia. Su misión en la vida cambió
para siempre desde aquel día y hoy como anfitrión de la casa azul recibe a los
nuevos, y a los recurrentes, de vez en cuando sonríe sin explicarle como llegó
aquí, y entonces sus ojos se cruzan con los de ella, con sus ojos negros como
la eterna noche y su sonrisa hermosa como la blanca luna, toma su mano y le
besa suavemente en los labios, del mañana no importa mucho, de los cambios
tampoco, la tiene a ella, y ella la tiene a el, hoy le ha escrito su primer
poema y le ha pintado su primer lienzo, para ello a la vista le basta lo que el
corazón siente. En el Mundo de Morfeo, los tuertos no suelen ver con los ojos
sino con el alma”
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