“Hace tiempo que lo viene pensando, en que esto
que lo aqueja no se va a ir jamás. Permanecerá como permanece el Sol en el
cielo y es por ello que debe aprender a vivir con ello. A veces cuando lo
piensa, se pregunta si lo que se asemeja a una solución no es más que un acto
cobarde que suelen hacer los tontos, los de corazón débil y de mente pequeña,
pero también se dice a si mismo que es tiempo de hacerlo. Lo cuento así, porque
así es. Lo digo así, porque así es como es.
A veces cuando lo piensa, se le vienen los pensamientos encima como los
ladrillos caen cuando la pared se viene abajo. Y se pregunta, una, dos, tres,
hasta cinco o seis veces, si hubo un momento en su vida en que algo hizo mal,
en el daño causado sin querer o queriendo. A veces cuando lo piensa, la tensión
en sus hombros le resulta abrumadora y se pone rígido al grado de no poder
moverse por un momento. Su rostro impávido, inerte, causal de esto que le viene
a la mente no le deja terminar bocado, menos tragar saliva, sino que lo lleva a
perderse en el horizonte de los caminos por los que no transitan las personas
salvo cuando realmente su vida no puede verse más allá de aquello que lo aqueja.
A veces el momento suele caer sobre el en la ducha, ese espacio solitario para
pensar, para estar con uno mismo sin escuchar más que el sonido que hacen las
gotas al caer sobre el cuerpo y es entonces cuando se derrumba cual
construcción mal hecha, cual fuerte acaecido por la guerra y los demonios que
se le presentan. Y llora, llora mucho, llora como los niños pequeños. Sus
gritos ni siquiera aparecen porque los contiene, los detiene con la mano en la
boca, pero las lágrimas ahí están, aunque estas se confundan con el agua, su
palpitar proviene del corazón y claro que existe la diferencia. Y lo que más
duele, es que no puede contárselo a nadie. Es de él y para él, es suyo y de
nadie más, es su piedra. Sin embargo, ahí mismo se rehace, ahí mismo se seca el
agua y también las lágrimas para volver a iniciar el día, otro día, otra
oportunidad. Se rehace porque el mundo sencillamente no se detiene, el mundo,
sencillamente continúa contigo, sin ti, o a pesar de ti. El sonido del celular
le devuelve a la realidad y lo aleja de sus pensamientos, maldita tecnología,
se dice mientras el repartidor le entrega el paquete, por la envoltura lo
recuerda, había pedido un libro hacía ya un tiempo, pero por estos días entre
virus, desempleo y perdida de los lugares de vicios lo había olvidado. Tomó el
libro del paquete, recorrió el departamento con la vista y no sabía que sentir
al verlo. Estaba todo derrumbado en pequeñas torres desordenadas ataviadas de
libros, muñecos de cultura pop y botellas vacías, de relojes sin hora y de
cortinas a medio abrir. Olía a miedo ahí, a depresión, a sexo extraviado, y a
cariño despreciado. A refrigerador vacío de comida y lleno de alcohol, a música
de viejos y viajes. No se lo pensó dos veces, busco las llaves, los
cigarrillos, celular y ese sombrero aunado a sus lentes antiguos para
desaparecer entre la multitud. Una bocanada de aire gélido y cielo libre de
nubes le recibieron al salir del edificio. Surco por las calles y camino de
manera incesante durante un buen tiempo. A pesar de su deteriorada condición,
sentía una fascinación por caminar entre la gente. Escuchar sus conversaciones,
leer sus miradas, compartir cigarrillos en silencio y mosquear sobre sus vidas,
para ver si encontraba la similitud con la suya o al menos ver que no estaba
tan mal como el creía. Recorrió calles y más calles, con el libro bajo la mano,
entró al hospital que encontró a una vuelta y fue que decidió entrar. Jamás le
gusto el aroma que se cierne en ese blanco edificio, pero hoy no estaba para
hacer lo común sino para hacer lo diferente. Apagó el cigarrillo antes de
entrar, se arregló un poco el sombrero y se abotonó el largo abrigo para
ingresar y se puso el disfraz. Entonces ya no era el mismo, su semblante cambiaba
y una ligera sonrisa aparecía, se sentaba y escuchaba a la gente, a los adultos,
a los niños, a los enfermeros, a los guardias, a los apesadumbrados y a los
confiados. Intuía que podían necesitar y les daba la palmada en el hombro, el
oído abierto para que ellos al fin, pudiesen soltar todo eso que no les dejaba
dormir, que los hacía mal respirar y mal vivir, los ayudada a que confiarán en
él, ocurre que las personas suelen confiar más en los desconocidos ya que estos
se llevan las historias a sus rincones, a sus casas donde sus nombres no se
conocerán y donde no tendrán que explicar el porqué de esas palabras. Al fin y
al cabo, es probable que jamás lo vuelvan a ver en su vida o al menos sin ese
disfraz que tan puesto se carga. Incluso encontraron un pequeño jardín donde
algunos deseaban fumar y él les acompañaba, esos cigarrillos son invitación a
tener que hablar de un tema sin importar el lugar o la hora, si dos o tres
personas juntas fuman, inevitablemente una historia, una confesión o una
pregunta saldrá de ellos. Les compartió la frase motivadora, miraba directo a
sus ojos y les hacía saber que el plan saldría bien, que de las tragedias se
aprende y de la esperanza se vive. No era erudito, pero ya tenía sus años y
ahora en esos cabellos canosos había algo de sabiduría, algo de empatía, una
pizca de humanidad entre tanto salvajismo. Y Así era él, dejaba una gota de
cariño en cada uno, solía salir con las manos llenas de peticiones y prometía
volver, aunque él sabía que eso sería difícil, deseaba ayudar un poco. Siempre
cuando salía de ahí, deseaba cambiar, pero no podía, quizás ya eso era tarde
para su persona. Esa era su justificación cuando entraba en aquella pequeña
galera donde los románticos cantaban al ritmo de la Luna y su color amarilloso
repleto de amores extraviados. Escuchaba en silencio y cantaba en su mente,
bebiendo el mismo trago y sentado en aquella mesa con luz baja. Saludaba sin
mediar palabra, vaya, la idea de ir era solo alargar la noche y si en algún
momento, alguien que pudiese acallar sus demonios apareciera frente a él,
entonces sus labios se abrirían. Justo cuando se iba por ahí de las4 am, una
princesa de barro y realidad, una hermosa dama de ojos profundos y sonrisa
melancólica cruzó una mirada con él, le miraba como si lo conociese, como si le
importaba, como si quisiera ahorcarle y sacarle todo el corazón para después
arrojarlo a la basura. Él le sonrió, le encantó. Y ahí fue que se entendieron,
entre la música y el silencio de sus labios. Se abrazaron desnudos una y otra
vez frente a la luna y a las lágrimas que el cielo dejaba caer sobre los
mortales. Hablaron de autores muertos, de poetas locos y de parábolas estúpidas
y durmieron hasta que el teléfono sonó. Él se cambió como pudo y le dijo,
quédate cuanto necesites, debo salir. Y se fue, sin un beso, sin una caricia,
sin un hasta luego. Ella durmió un poco más y le echo una mirada al
departamento, mientras se preparaba un café, y se preguntó como él la había
dejado sola sin conocerla, así nomás, en el lugar más íntimo de una persona que
es su casa y su cama , sin embargo, cayó en cuenta que todo parecía desordenado
pero con un sentido de todo lo que era la persona que vivía ahí, es decir, las
cosas decían mucho de las personas y más entre tanto caos, el orden que hallo
ahí, era el de una de esas almas extraviadas en el tiempo pero con un sentido
de pertenencia que obligaba a mirar más objetos y buscarles el sentido, hasta
que dio con un pequeño maletín tras unos libros apilados, cierto. No debería abrirlo,
pero justo ya lo había hecho cuando lo pensó y entonces vio ahí dentro de ese
maletín todo lo que valía la pena saber. Su reacción fue, lavarse rápido la
cara, tomar sus cosas junto con el café y salir de ahí a buscarlo. Fue entonces
que lo vio ahí con su cartelón frente al hospital disfrazado y entregando a las
familias que tenían a su niño, a su padre, a su abuelo, a su madre o familiar
en el hospital luchando por su vida, él estaba ahí para cumplir promesas, fuera
como fuera, tratando que esos momentos donde parece todo ir en picada, aparezca
un salvavidas que te dé un poco de esperanza. Gustosa le tomó unas fotos sin
que él se percatará y lo vio seguir por un par de horas más. Un par de noches
después lo encontró de nuevo en el bar, sin disfraz, absorto en la música
mientras el cigarrillo se iba consumiendo, y ella le dijo: ¿Cuál es tu disfraz?
El del hospital o el Del Bar, fue ahí que él entendió, cuando le vio a ella
sonreír tras aquella pregunta. Eso depende, le contestó él, a veces todos somos
dos personas, la que unos perciben y la que uno es. ¿quieres averiguarlo? Y
Ella le tomó su mano acariciándole los nudillos, a eso he venido. Todos
nosotros en un momento de nuestra historia, tenemos la manera de ayudar a
alguien, de hacer sonreír, de generar alegría y entre el hacer y el no hacer,
siempre será mejor el hacer. Por ahí hay dos locos disfrazados que visitan
hospitales, no usan mascaras ni nombres ficticios. Solo son personas que están
tratando de compartir un hombro para recargarse o una mano para caminar”
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